¿Generalistas o especialistas?
Habitualmente esta distinción se asocia con imaginar a personas que saben poco de muchas cosas, o mucho de pocas cosas, lo cual me recuerda al dilema de la frazada corta (¿extensión o profundidad?).
¿Qué es mejor?
Supongo que -como suele pasar- depende para qué…
Sin embargo, no es ésa la disyuntiva que me ocupa aquí…
En este post
- A partir de una experiencia personal, analizo algunas cuestiones a tener en cuenta al momento de definir los contenidos de una propuesta formativa.
- Te cuento cómo elegir qué incluir -de todo lo que sabés como especialista- en una asignatura que pertenece a una formación general, y qué dejar afuera.
¡Manos al zoom!
Me pasó hace poco…
…Que me convocaron (¡a partir de lo que escribo en este blog!) para hacerme cargo de una materia de didáctica en una carrera de ciencias de la educación.
Si bien la propuesta me pareció súper interesante (y la agradezco profundamente), me llevó a preguntarme:
Mi camino de generalista a especialista
Y ahí es que comencé a repasar mi recorrido académico y profesional, a los fines de identificar de qué experiencias me nutriría si aceptara preparar esa materia.
Por empezar, mi formación de origen (mis títulos de grado) son de Lic. y Prof. en Ciencias de la Educación. ¡La misma carrera que la de los alumnos que contribuiría a formar!
(Alcoyana, Alcoyana)
Y resulta que de todas las áreas que comprenden las Ciencias de la Educación (y que estudié en la carrera) -sociología, psicología, política, filosofía, etc.- elegí dedicarme a la didáctica. ¡Justo es ésa la disciplina que le da nombre a la materia para la que me convocaron!
(Hasta ahí, todo bomba.)
Pero (siempre hay un pero) de todos los niveles educativos de los que se encarga la didáctica, yo me especialicé (tanto en experiencia como en formación de posgrado) en la didáctica universitaria. Trabajé durante años en distintas instituciones en tareas de docencia, investigación y gestión, y obtuve mi título de posgrado como especialista en este nivel.
(Mmmmm)
Pero (segundo pero) no sólo eso. A medida que fui recorriendo esas distintas tareas y experiencias, me fui especializando -concretamente- en la formación de formadores. Lo que me quita el sueño (además de los despertares de mi hija) es cómo contribuir a que docentes universitarios (¡como vos!) reflexionen sobre sus propuestas formativas, se pregunten el sentido de lo que hacen, se distancien de tradiciones enquistadas poco prometedoras, se animen a encarar propuestas que pongan el foco en la promoción de los aprendizajes de sus alumnos, etc. Que se repiensen como docentes universitarios. Actualmente, me ocupo de todo eso en parte a través de los talleres que desarrollo, y en parte a través de este blog (¡o eso espero!).
¿Para qué te cuento todo esto?
(¿Será que hoy me levanté autorreferencial?)
Fijate cómo, si bien mi formación de origen y la elección del área didáctica dentro de las Ciencias de la Educación supone un “acercamiento” a lo que tendría que enseñar en la materia Didáctica para la que me convocaron, mi especialización (y subespecialización) se “alejan" en alguna medida.
¿Por qué?
Imaginate que acepto hacerme cargo de la asignatura. Estoy en medio de la primera clase y quiero ejemplificar un concepto con alguna experiencia de mi práctica profesional. ¿De qué nivel educativo será ese ejemplo? Universitario, lógico.
Y en la clase siguiente, otra vez quiero usar alguna experiencia concreta para analizar junto con los alumnos (como sabés, me encanta partir de situaciones prácticas para ir luego construyendo teoría)… ¿Qué elijo? Obviamente, alguna experiencia de mi práctica docente en la universidad (ya sea en grado o de formación de formadores), que es -casi- la única que tengo.
E incluso antes de todo eso: cuando esté definiendo los contenidos, ¿a qué problemáticas voy a querer der más atención? Seguro que a las que yo misma me enfrento diariamente…
¿Y eso es malo?
Yo pensaba que era bueno...
Las 2 caras de la moneda
Yo creo que las dos cosas:
- Es bueno porque para los alumnos es genial aprender contenidos atravesados por la experiencia profesional (en este caso, de la mano de los docentes). Cuando eso ocurre, los contenidos cobran vida. Pierden abstracción. Los estudiantes los ven en acción. Y toda la propuesta los acerca a su (posible) propia práctica profesional.
- Pero es malo porque recibirían un “recorte forzado” que no es propio de lo que la asignatura les debería aportar. En el caso que te cuento, sólo verían ejemplos de un ámbito de aplicación de la didáctica, en lugar de una mirada más general. ¡Demasiado zoom!
Sería como si un oftalmólogo estuviera a cargo de dictar (horrible verbo para hablar de enseñanza) la materia Anatomía en la carrera de Medicina.
¿Podría hacerlo?
Sí, claro.
Pero al desarrollar los contenidos, ¿le prestaría la misma atención a enseñar los músculos del pie y los del ojo?
Seguro podés imaginarte otros ejemplos ligados a tu propia carrera, o a la de tus alumnos.
Porque incluso a veces los docentes no compartimos profesión con los alumnos. Quiero decir, nuestra profesión de origen no es la misma que la profesión de destino de los alumnos.
Por ejemplo, cuando un docente de física en la carrera de ingeniería es físico, y no ingeniero.
En esos casos resulta más complejo (¡y peligroso!) el momento de elaborar la propuesta formativa porque desconocemos las aplicaciones concretas que van a darle los alumnos a lo que enseñamos.
¡Subsanar este desconocimiento es clave!
Si no, puede terminar ocurriendo algo como lo que me pasó a mí cuando -como estudiante de Ciencias de la Educación- tuve que aprender “los rituales de seducción del pavo real”, como ya te conté acá. ¿Algún docente de biología se habrá preguntado si yo necesitaba aprender ese contenido?
¿Y cómo siguió la historia?
Calculo que te estarás preguntando…
¿Y qué hiciste con la convocatoria para “didáctica”?
Dije que no.
Es que al armar una propuesta formativa es crucial tener en mente la profesión de destino de los alumnos a los que estamos formando, y de qué manera tiene que contribuir nuestra materia a esa formación.
En el caso que te estoy contando, los alumnos necesitaban los aportes de didáctica general, no de didáctica universitaria. Necesitan un paneo por las problemáticas generales ligadas a su objeto de estudio (la enseñanza) y los múltiples objetos que a su vez lo componen (el currículum, las estrategias de enseñanza, la evaluación, etc.). En sus primeros contactos con la didáctica, no necesitan recorrer problemáticas específicas del nivel superior ni de la formación de formadores, sino preguntarse un montón de cosas de la enseñanza en general
¿Y vos no podrías ofrecerles eso?
Seguro que sí.
Pero para eso tendría que -de alguna manera- ponerme a estudiar otra vez para garantizar eso que ellos necesitan aprender.
Repasar todo lo que alguna vez aprendí sobre los demás niveles, como para poder trabajarlo con la profundidad suficiente para enseñarlo.
Y eso no quiere decir únicamente “saber” los contenidos, sino ser capaz de promover discusiones, poner ejemplos, señalar puntos contradictorios, enmarcar conceptos en paradigmas más amplios, recuperar preguntas clave… y tantas cosas más.
“La competencia necesaria hoy en día es controlar los contenidos con suficiente soltura y distancia para construirlos en las situaciones abiertas y las tareas complejas, aprovechando las ocasiones, partiendo de los intereses de los alumnos, explotando los acontecimientos, en resumen, favoreciendo la apropiación activa y la transferencia de conocimientos, sin pasar necesariamente por su exposición metódica en el orden prescrito por un índice de contenidos.”
(Perrenoud, 2004: 20)
También necesitaría ponerme a recopilar ejemplos y experiencias de distintos niveles educativos sobre los que anclar la propuesta, que resulten relevantes y significativos.
Y preguntarme qué se están preguntando los estudiantes sobre todo eso que tienen que aprender (que excede mi área de expertise), para poder partir de sus preguntas.
Así que decidí no aceptar.
Entonces… ¿todos los docentes tendríamos que hacer lo mismo?
¿Y si ya somos especialistas y a la vez docentes de una materia más general? ¿Qué hacemos?
Tranquilidad, gente.
Lo que quiero decir acá no es que un especialista no pueda tomar a su cargo una materia “general” que pertenece a su propia formación de grado.
Claro que puede.
Pero si lo hace, es necesario que tenga muy presente que lo que tiene que enseñar no es lo que más le gusta, eso a lo que se dedica todos los días y le quita el sueño, sino lo que los alumnos necesitan aprender.
Es que, como siempre digo, los alumnos tienen derecho al sentido.
Y lo que para ellos tiene sentido es lo que necesitan aprender en el marco de su profesión de destino, no “cualquier cosa” que nosotros queramos contarles, aunque esas cosas sean súper interesantes.
¡Es que no da el tiempo para todo!
Tenemos que considerar el Costo de Oportunidad de las decisiones que tomamos.
No es que no les sirva, que no sea interesante eso que queremos contarles. Pero, ¿es lo más importante a aprender en el tiempo que dura nuestra cursada?
Claro que vernos apasionados por lo que enseñamos y escuchar nuestras experiencias puede resultar motivador.
Pero eso debe complementarse con una propuesta de contenidos pertinente y relevante para ellos.
En definitiva, preguntémonos siempre...
¿Qué parte, de eso que nosotros sabemos, necesitan aprender mis estudiantes?
¿Y qué parte “les sobra”?
Referencias
- Feldman Daniel (2015) “Para definir el contenido: notas y variaciones sobre el tema en la universidad”. En Trayectorias Universitarias, Secretaría de Asuntos Académicos, UNLP. Volumen 1. No 1. ISSN 2469-0090. Páginas 20-27. (http://www.revistas.unlp.edu.ar/TrayectoriasUniversitarias)
- Perrenoud, Philippe. (2004) Diez nuevas competencias para enseñar. Barcelona, Graó.
Y vos, ¿armás tu propuesta formativa pensando en lo que tus estudiantes necesitan aprender?
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