Coordenadas para el aprendizaje
Enseñar a partir de las preguntas de los alumnos
¿Sabías que las preguntas despiertan la motivación y funcionan cómo índice para generar aprendizajes relevantes? ¿Es posible utilizar las preguntas de los alumnos como punto de partida para enseñar? Cómo invitarlos a que se hagan sus propias preguntas en torno a los contenidos de tu materia.
Ojos que no ven…
Acabás de decir mentalmente el final de ese refrán, ¿no?
Y si te digo “más vale pájaro en mano…” ¿qué suena en tu cabeza?
No pudiste evitarlo, ¿no?
¿Qué te está pasando que no podés dejar de pensar el final de estas frases?
Tranca, nos pasa a todos.
Necesitamos dar un cierre a eso que se abrió.
Tengo hambre… quiero comer
Esto pasa en distintas situaciones de la vida.
Cuando sentimos un hambre irrefrenable, sólo lo solucionamos si comemos algo.
Cuando morimos de sed, lo único en lo que podemos pensar es en alguna bebida.
Si nos duele algo, buscamos desesperadamente algo que nos calme ese dolor.
Si tenemos deseo sexual, necesitamos satisfacerlo lo antes posible.
Tengo una pregunta… ¡necesito una respuesta!
Lo mismo pasa cuando tenemos una inquietud, una duda, una pregunta.
Cuando algo nos intriga o nos da curiosidad, no paramos hasta encontrar una respuesta.
Nos carcome.
Nos quita el sueño.
Nos urge encontrar la solución que buscamos.
“Formular preguntas es una tarea indispensable para comprender la realidad. La duda es un estado incómodo, pero la certeza es un estado intelectualmente ridículo.”
(Santos Guerra, 2007: 142)
Las preguntas nos invitan a aprender
Las preguntas y las respuestas son como polos que se atraen.
Y por eso, las preguntas tienen una especie de fuerza magnética que atrae el conocimiento.
¿Hasta qué punto las aprovechamos al enseñar?
En este post…
- Reflexiono sobre el rol de las preguntas en nuestro proceso (social e individual) de conocer el mundo.
- Analizo los beneficios de las preguntas para el aprendizaje.
- Te cuento cómo podemos aprovecharlas al pensar la enseñanza.
- Y te muestro algunos ejemplos míos y de algunos participantes de mis Talleres.
¿Te sumás?
Preguntando conocemos el mundo
Dudar para dejar de dudar
(Descartes)
Tanto a nivel de la humanidad en su conjunto como a nivel de cada persona individual, conocemos el mundo que nos rodea a partir de las preguntas que nos hacemos.
La ciencia avanza haciéndose preguntas sobre el mundo: cada nuevo descubrimiento parte de una pregunta que se convierte en hipótesis.
Lo mismo hace cada ser humano: desde que nace interroga con su mirada y luego con sus palabras a todo aquello que lo rodea: lo desafía, lo interpela, le exige respuestas (como vimos acá).
Tanto a la sociedad en general como a cada uno de nosotros, lo que nos mueve hacia el conocimiento es:
- Algo desconocido
- Que nos genera interés
¿Qué es eso? ¿De dónde salió? ¿Para qué sirve? ¿Cómo funciona? ¿En qué es distinto a esto otro que conozco? ¿Cómo lo puedo usar? ¿Con qué otra cosa se complementa?
A partir de esas inquietudes que nos queman nos ponemos en marcha en busca de respuestas.
Los científicos lo hacen a través del método científico, desarrollando hipótesis que luego someterán a comprobación con la intención de confirmarlas o refutarlas, y dar paso a nuevas hipótesis.
Los individuos también tenemos algún método –aunque probablemente menos explícito-.
En algunos casos, buscamos respuestas a las preguntas que nos hicimos experimentando por nuestra cuenta (como cuando agarramos ese elemento nuevo que nos da curiosidad y lo manipulamos hasta saber cómo se usa).
En otros casos, recurrimos a otras personas para que nos cuenten qué saben al respecto, qué se investigó hasta el momento en el área que nos interesa.
Es lógico. No podría cada uno de nosotros experimentar por cuenta propia con cada elemento con el que nos encontramos hasta saber cómo se usa y para qué sirve. No nos alcanzaría la vida para hacerlo.
Por eso, cuando queremos convertirnos en profesionales de algún área que nos interesa, buscamos alguna institución que organice –en función de su experiencia- el mejor trayecto formativo para nosotros.
Las preguntas y el aprendizaje
Las preguntas son un arma fundamental para despertar la motivación para aprender.
Cuando hacemos una pregunta, de alguna manera nos estamos comprometiendo con esa temática: nos interesa, queremos saber más, queremos entender… ¡queremos respuestas!
Como vimos recién, poco se habría avanzado en el conocimiento –tanto a nivel social como individual- si no hubieran existido las preguntas.
Millones de personas habían visto caer una manzana. Newton fue el único que se preguntó por qué.
(Judkins, 2018: 67)
Pero no sólo eso.
Además son fundamentales para desarrollar un aprendizaje significativo ya que permiten relacionar el conocimiento a aprender (la respuesta) con el que tenemos disponible en nuestra estructura cognitiva.
¿Cómo?
Al hacer una pregunta (o al leer o escuchar una pregunta que hizo otra persona pero nos resulta relevante, o al menos nos resuena) es como si abriéramos el índice de un libro para identificar en qué capitulo vamos a ubicar la nueva información (la respuesta que obtengamos).
“No podemos aprender hasta que la pregunta adecuada ha sido formulada: si la memoria no hace la pregunta, no sabrá dónde indexar la respuesta.”
(Bain, 2007: 42)
En cambio, un trozo de información que no viene ligada a una pregunta está como incompleta.
Es como si alguien nos dijera: “Necesitás 2 huevos”.
¿Qué?
Esa información no nos dice nada, salvo que hubiera estado antecedida por una pregunta como: “¿Qué le pongo a la tarta para que se unan los ingredientes?”
Hecha la pregunta, podemos vincular la respuesta obtenida (los “2 huevos”) al capítulo “ingredientes que lleva una tarta”, y también al capítulo “elementos que sirven para unir”.
El problema, como ya te habrás dado cuenta, es que en nuestras materias, y en el sistema educativo en general, damos muchas respuestas sin que se haya formulado antes la pregunta pertinente.
Cuando esto ocurre no saben dónde indexarla: en qué "capitulo" de su estructura cognitiva tienen que ubicarla.
Podríamos decir que esa información, que no trae coordenadas de ubicación, quedará "suelta" en la mente del alumno... como una isla a la que es imposible acceder.
Para hablar en criollo: los alumnos almacenarán esa información pero será inaccesible a futuro, porque no podrán vincularla con otros conocimientos que los lleve hasta ella.
Un "aprendizaje" inútil.
Entonces… ¿hacemos una pregunta y ya?
Una sola, no… Todas las posibles.
“Cuantas más preguntas hacemos, de más maneras podemos indexar un pensamiento en la memoria. Un proceso de indexación mejor produce mayor flexibilidad, un recuerdo más fácil y una comprensión más rica.”
(Bain, 2007: 42)
Con cada pregunta que hacemos, estamos activando un conocimiento previo que tenemos al que vincularemos la respuesta. Un capítulo del libro.
Entonces, si hacemos muchas preguntas respecto de un mismo tema, vincularemos la respuesta a muchos capítulos de nuestra estructura cognitiva. Estableceremos muchas relaciones, que en definitiva son las que importan para determinar si un aprendizaje es relevante y si podrá ser recordado más adelante.
Los alumnos y las preguntas
“Juzga a un hombre por sus preguntas más que por sus respuestas.”
(Voltaire)
Es decir, para que le otorguen sentido (cognitivo y emocional) a lo que aprenden.
Pero… Momento…
Quizás no necesitamos promover que los alumnos se hagan preguntas… Quizás ya se las hacen.
Supongamos que yo quiero ser cocinera y me inscribo en un trayecto formativo.
Seguramente tenga en mente algunas preguntas que querría responder:
- ¿Qué tipos de alimentos existen? ¿Qué nutrientes aporte cada uno? ¿Cómo pueden combinarse?
- ¿Qué requisitos de conservación tiene cada grupo de alimentos?
- ¿Qué utensilios de cocina necesito para hacer distintas preparaciones?
- ¿Qué punto de cocción requiere cada receta?
Si miramos un trayecto formativo podemos pensar en cada instancia curricular (cada materia o incluso casa clase) como una respuesta a algunas preguntas.
En el caso hipotético que describo, habrá una materia sobre tipos de alimentos, otra sobre cocción, otra sobre utilización de utensilios, etc.
Acá nos enfrentamos a un dilema.
- Los sujetos en formación (los alumnos) tienen algunas preguntas en mente que querrían responder. Y sabemos que las personas aprenden con mayor efectividad cuando intentan resolver sus propias preguntas.
- Son los docentes (y las instituciones), y no los alumnos, los que generalmente fijan la agenda educativa y diseñan el currículum. En definitiva, quienes determinan qué preguntas se van a responder en cada instancia curricular.
Y es acertado que así sea, ya que son los profesores, como expertos en su campo, los que mejor pueden saber lo que el aprendizaje de la disciplina (y de la profesión) puede suponer.
El problema reside en cómo reconciliar esas exigencias en conflicto.
“¿Cómo puedo ayudarlos a ver la conexión ante sus preguntas y los asuntos que ya he elegido tratar en el curso?”
(Bain, 2007: 39)
Y es que una cosa es identificar qué preguntas responde mi materia.
Y otra es determinar si esas preguntas constituyen inquietudes genuinas de quienes se inscriben a cursarla.
Quiero decir:
Para hacer el ejercicio de identificar las preguntas que nuestra materia responde podría bastar el hecho de convertir un contenido en pregunta. Por ejemplo, si enseñamos “las 10 características de XXX” (reemplazá las X por cualquiera de tus contenidos), podríamos decir que nuestra materia ofrece respuestas a la pregunta “¿cuáles son las 10 características de XXX?”.
El tema ahí es que –posta- nadie se está preguntando eso.
Las preguntas que se hacen los alumnos tienen más que ver, en general, con alguna situación cotidiana que les genera intriga, o con algo bien vinculado a la profesión para la que se están formando.
Como analiza Bain, las preguntas que nos interesan a nosotros los docentes e investigadores, por lo general se encuentran debajo de varias capas de investigaciones, de asuntos que nos intrigaron con anterioridad: las inquietudes de hoy surgieron de una investigación anterior (propia o ajena), y ésa a su vez nació de otra anterior, y de otra más…
Señala el autor que los mejores profesores escarban al revés hacia la superficie, encuentran allí a los alumnos, retoman el significado de esos interrogantes y ayudan a los alumnos a entender por qué este asunto fascina a cualquiera.
“No se limitan a llamar desde su ubicación profunda en el terreno y pedir a los estudiantes que se unan a ellos en sus expediciones subterráneas de minería. Ayudan a los estudiantes a entender la conexión entre asuntos corrientes y algunas cuestiones más generales y fundamentales, y actuando así encuentran intereses comunes en esas ‘grandes preguntas’ que en su momento motivaron su propio esfuerzo por aprender.”
(Bain, 2007: 49)
Los mejores profesores ayudan a los alumnos a mantener presentes a lo largo de todo el curso las preguntas más generales que los inquietaron al comienzo, y a relacionar con ellas cada nuevo contenido.
Enseñar con preguntas
“La pedagogía de las preguntas siempre es mejor que la pedagogía de las respuestas.”
(Imbernón, 2007: 87)
Cuando estamos dispuestos a enseñar teniendo presentes las preguntas que los alumnos se hacen en torno a los contenidos de nuestra materia, hay varias etapas o procesos que podemos considerar.
- Suponerlas: Anticipar las preguntas que se han los alumnos, en función de nuestro conocimiento de grupos anteriores, o de lo que intuimos que el común de la gente se pregunta en torno a la temática que enseñamos. Como vimos acá, debido a la Maldición del Conocimiento no nos resulta sencillo ponernos en el lugar de quien no domina nuestros contenidos… ¡pero vale la pena el intento!
- Relevarlas: Indagar, en distintos momentos, qué se están preguntando concretamente los alumnos respecto de lo que trabajamos en la asignatura. Esto contribuye a que nosotros nos enteremos de sus inquietudes, y a que los propios alumnos tomen conciencia de ellas.
- Responderlas: Retomarlas explícitamente. Indicar que lo que estamos trabajando responde a una determinada inquietud ayuda a que los alumnos indexen esa información en sus estructuras cognitivas.
- Instalar nuevas preguntas: A veces se trata de hacer explícita alguna duda que suponemos que tienen los alumnos, aunque nunca la hayan formulado. Tiene que ver, muchas veces, con desnaturalizar alguna práctica habitual (promoviendo que se pregunten cuestiones que daban por sentado), o con problematizar algún concepto o alguna situación para deconstruir sus significados.
Y estas maneras de trabajar con las preguntas aparecen en distintos momentos de la enseñanza.
El programa
La presentación de la materia
Cuando redactamos la presentación de nuestra asignatura –ese componente de nuestro programa en el que consignamos el recorte que adoptamos, las definiciones con las que trabajamos, las perspectivas que asumimos- es una buena idea anticipar posibles preguntas que los alumnos se hacen respecto de nuestra propuesta formativa y de la temática en general.
Mirá estos ejemplos (extraídos de las producciones de algunos participantes de mis talleres de Programación):
- Diseño estructural y procesos
- Es una materia que comprende las etapas del diseño y del cambio organizacional. Busca responder, a partir de un esquema conceptual variado, a la pregunta respecto a cómo se crean, transforman y diseñan organizaciones y sus distintas partes.
- Geografía
- La propuesta es analizar la organización del territorio americano actual como resultado de un proceso histórico. ¿Se abordará la totalidad del continente? Si bien es posible, (…) se trabajará con mayor detalle las particularidades de América Latina ya que constituye el contexto regional…
- Buscaremos comprender que parte de los procesos nacionales se vinculan con un pasado muchas veces negado de origen americano. ¿Será que aún hoy en día han quedado heridas abiertas por la conquista? Se trabajará en la búsqueda de respuestas que permitan comprender algunos conflictos no resueltos…
- El último eje de trabajo es el de la diversidad cultural como fuente de riqueza en las sociedades, especialmente en América Latina. ¿Cómo abordar la diversidad cultural sin juzgar las decisiones y acciones de las personas? En este eje se trabajará…
Fijate cómo en estos casos quienes redactaron los programas tuvieron en mente las preguntas que los alumnos podían estar haciéndose y también instalaron otras que invitan a reflexionar y motivan a aprender.
Esa conciencia retórica –ese tener en cuenta al destinatario de la comunicación, en este caso con preguntas- facilita la lectura y permite comprender mucho mejor la propuesta de cada asignatura.
La definición de los contenidos
Por otro lado, los contenidos del programa también pueden ser concebidos cómo respuestas a preguntas.
En lugar de tirar conceptos así nomás, pensemos qué se pueden estar preguntando los alumnos al respecto.
Por ejemplo, en el programa de uno de mis talleres de Evaluación, uno de los contenidos es –justamente- el concepto de evaluación.
En lugar de redactarlo así como está, podría escribir ¿qué es evaluar?.
Pero bueno… Hasta ahí, la diferencia entre mencionar el concepto y convertirlo a pregunta no aporta gran cosa (aunque al menos estoy promoviendo que te preguntes por el significado del término, si todavía no lo habías hecho).
Pero, ¿qué pasa si agrego otras preguntas? Por ejemplo: ¿Qué se evalúa? ¿Para qué se evalúa? ¿Qué vemos al evaluar? ¿Qué hacemos con los resultados de la evaluación?
Y podríamos ir más allá aún: ¿La evaluación influye en el aprendizaje? ¿Cómo se vincula la evaluación con los objetivos de aprendizaje? ¿Sirven las instancias de evaluación que no se constituyen como verdaderos problemas a resolver con lo aprendido? ¿Cuáles son los principios y normas técnicas que es necesario seguir para maximizar la posibilidad de que un examen evalúe aquello que se busca evaluar con él?
Con estas preguntas agrego otra intencionalidad respecto de lo que quiero que los alumnos se pregunten, porque es lo que quiero enfatizar en la cursada (más allá del mero concepto).
Estoy –de alguna manera- instalando esas preguntas que quizás no se habían hecho previamente. Ahora ya los hago dudar…
La mera pregunta conceptual (“qué es…?”) aporta algo nuevo si se refiere a un concepto que todos damos por sentado, y lo que queremos es ya sentar las bases para su discusión.
Por ejemplo: ¿Qué quiere decir “enseñar”? ¿Todo lo que hace un docente enseña? ¿Proponer una actividad es enseñar?
Con estas preguntas estoy promoviendo que te preguntes qué entendés por “enseñar”, un verbo que conocés (y probablemente ejercés a diario) pero que quizás no te hayas parado a pensar qué significa y cómo vos lo llenás de significado en tu práctica diaria.
En síntesis, el listado de contenidos por unidad no tiene por qué ser un mero listado... Puede perfectamente invitar a la reflexión, o despertar dudas respecto de la temática a trabajar.
Como decía más arriba, esto permite que -al leerlo- el alumno vea reflejadas las preguntas que ya tiene, o incluso se le despierten preguntas nuevas en torno al contenido, favoreciendo su motivación y la vinculación de lo que va a aprender con lo que ya sabía.
El inicio de la cursada
El comienzo de la cursada es un momento óptimo para trabajar sobre las preguntas de los alumnos, tanto sobre las que traen como sobre las que queremos instalarles.
Aún si ya leyeron nuestro programa al momento de la inscripción a la materia (¿pasa esto en alguna institución?) seguramente ya lo olvidaron o no lo tienen tan en mente como nosotros, lógico.
Por eso podemos aprovechar, antes de leer el programa junto con ellos (decime que esto sí ocurre en la institución donde trabajás), a relevar sus preguntas. Qué preguntas tienen respecto de la temática de la materia. Qué preguntas le hacen al contenido que se imaginan que vamos a trabajar.
Podríamos hacer un gran listado entre todos con todas las preguntas que surjan.
Algo así hizo Santos Guerra (2007) en uno de sus cursos acerca del Sistema Educativo. Algunas de las preguntas que surgieron fueron:
- ¿Por qué copiamos lo que dice el profesor y no lo que dicen los alumnos en la clase?
- ¿Por qué no se empieza a trabajar hasta que no llega el profesor?
- ¿Por qué la clase es un espacio menos acogedor que la casa particular de cada uno?
- ¿Por qué se copian las ideas que ya están escritas en los libros?
Interesantes, ¿no?
(Te invito a que leas el capítulo entero del autor. No tiene desperdicios.)
¿Qué hacer con ese listado de preguntas?
No estamos obligados a responder a todas esas preguntas durante la cursada, claro.
Algunas seguramente sean centrales en nuestra propuesta.
En el caso de otras, sabremos que se trata de preguntas que responderán otras asignaturas, así que podemos desentendernos de ellas, indicándolo a los alumnos.
En otros casos, quizás hasta sean cuestiones que a nosotros se nos escapan: desconocemos las respuestas, ya sea porque son muy complejas o porque pertenecen a áreas de conocimiento que no manejamos. Para responder al interés de los alumnos en esas cuestiones podemos por lo menos sugerir caminos alternativos para encontrar respuestas: bibliografía o sitios de internet recomendables sobre esas temáticas.
Y quizás haya otras preguntas que no tenías planeado responder con la materia, pero que podrían ser pertinentes. ¿Qué hacer con ellas? ¿Las agregamos al programa?
Seguramente no previste tiempo de cursada para abordar nuevos contenidos.
Pero quizás valga la pena hacerles un lugarcito… ¡los alumnos te están diciendo que están interesados en aprender!
Incluso quizás pueden votar las que las que les parezcan más relevantes. ¡Las preguntas que propuso un compañero pueden resultan muy interesantes y novedosas!
Y para la cursada siguiente, previendo que vas a repetir esta actividad de inicio, podés ya ir preparado/a dejando espacio en el programa para incluir algo de lo que los alumnos eligen aprender.
Va a contribuir a que se apropien de la propuesta de la asignatura.
Durante la cursada
A medida que avanzamos con el desarrollo de los contenidos de nuestra asignatura, es fundamental ir señalando a qué preguntas estamos respondiendo (de ésas que habíamos relavado al comienzo, o no...).
Necesitamos ayudar a los alumnos a indexar esa información en sus estructuras cognitivas, activando los conocimientos previos en los que van a anclar lo nuevo que aprendan.
¿Qué pasa si surgen nuevas preguntas durante la cursada, a medida que avanzamos con el desarrollo de los contenidos? (decime que esto es frecuente, por favor; si no, estamos bien al horno)
“Las preguntas deben responderse todas. Para ello el formador ha de estar siempre más atento a las personas que a sus papeles o a su propio discurso”.
(Imbernón, 2007: 87)
Ante una nueva pregunta, según el autor, tenemos varias opciones. Podemos:
- Responderla.
- Esperar a ver si surge una respuesta espontánea entre los participantes.
- Relanzarla al grupo de alumnos.
- Anotarla y esperar al momento idóneo para abordar ese tema.
Dependerá de la situación, del tipo de contenidos y del grupo de alumnos.
Las preguntas me excitan
Cuando yo armo posts para este blog, muchas veces tomo algún desarrollo que ya tenía, o varios avances dispersos, y les doy forma. Más allá de ajustar la redacción para hacerla coloquial y accesible (como me gusta a mí) y agregarle imágenes, ejemplos y algunas dosis de humor, me preocupo especialmente por orientarlo hacia preguntas que ustedes -mis lectores- se pueden estar haciendo (de manera explícita o no).
Quiero decir, creo que esos desarrollos sobre una temática te pueden interesar, y me parecen fundamentales e importantísimos... a mí.
¿Pero cómo hago para que vos quieras leerlo?
Procuro incluir en el título y en el copete alguna pregunta que te puedas estar haciendo, ya sea en forma de pregunta concreta (con signos y todo) o más bien como inquietud, o con alguna formulación que te deje dudando. Eso hice, por ejemplo, este post sobre el decaimiento de la motivación para aprender.
Y lo mismo hago en las publicaciones de Instagram que preceden a la salida de cada nuevo post: intento mostrar algún problema o alguna pregunta que el nuevo post intentará responder (o, al menos, avanzará en algunas reflexiones en esa línea).
Y también en la introducción de cada post: no sólo dejo planteado el tema, en general en vinculación con experiencias concretas o con temáticas más amplias de la vida (como en el caso de este post que estás leyendo, en el que vinculé las preguntas con la necesidad de cierre al leer refranes o tener hambre) sino además con alguna gran pregunta que vamos a abordar: ¿hasta qué punto aprovechamos el valor de las preguntas al momento de pensar la enseñanza?
No es tan complicado.
Referencias
- Bain, Ken. (2007) Lo que hacen los mejores profesores universitarios. Trad.: Óscar Barberá. Valencia: Universitat de Valencia.
- Imbernón, Francisco (2007) A pesar de los trucos, siempre serás un aprendiz de formador. En: Casamayor, Gregorio (coord.) Los ‘trucos' del formador. Arte, oficio y experiencia. Editorial Graó. Barcelona.
- Judkins, Rod (2018) Change Your Mind : 57 Ways to Unlock Your Creative Self. Hardie Grant Books (UK)
- Santos Guerra, Miguel Ángel (2007) Epistemología genética y numismática o el absurdo hábito de la copia. En: Casamayor, Gregorio (coord.) Los ‘trucos' del formador. Arte, oficio y experiencia. Editorial Graó. Barcelona.
Y vos, ¿cómo retomás las preguntas de tus alumnos?
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