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“El que guarda, siempre tiene”, dice mi mamá que decía su abuela cuando alguien le pedía algo.
No es que quiera contradecir a mis antepasados, pero… ¿y si no fuera así?
Quiero decir, ¿si guardar no fuera el equivalente de tener?
Si lo que guardamos después no lo encontramos, o no sabemos cómo usarlo, o con qué se relaciona, ¿serviría igual?
En este post…
- Te cuento sobre distintas maneras de entender la naturaleza del aprendizaje: como almacenamiento y como relación.
- Analizo por qué son tan importantes las relaciones al momento de aprender.
- Te cuento cuáles son los pasos que tenemos que seguir, como docentes, para fomentarlas.
¿Y qué tiene que ver el velcro?
Ya vas a ver cómo todo se relaciona con todo…
Almacenamiento vs. Relación
Desde una visión tradicional se pensaba aprender era equivalente a guardar.
Como si nuestra memoria fuera una especie de almacenamiento en el que vamos guardando todo lo que aprendemos.
Como si tuviéramos una gran habitación en nuestra cabeza donde vamos almacenando todo lo que sabemos.
En cambio hoy sabemos -en parte gracias al aporte de la neurociencia- que aprender no es tanto almacenar sino más bien crear relaciones.
"El cerebro no es como un cajón donde vamos metiendo cosas. (…) Las capacidades intelectuales y las facultades psíquicas dependen del funcionamiento global del cerebro y de las conexiones que se establecen entre sus neuronas, (…) de los pasillos y las escaleras que las unen, de la facilidad de pasar de un lugar a otro, de los atajos que construimos, del hecho de poder utilizar con eficiencia todos los pasadizos secretos que esconde. Las conexiones entre neuronas y entre las diferentes partes del cerebro son la piedra angular de nuestras capacidades mentales."
(Bueno i Torrens, 2008)
Desde una visión actual, entonces, aprender y usar lo aprendido –entre otras capacidades intelectuales- dependen de las conexiones que hayamos hecho.
Cada vez que aprendemos algo nuevo creamos una conexión, como si hiciéramos un camino entre dos puntos.
A medida que volvemos a usar eso que aprendimos, lo ponemos en práctica, vamos afianzando esa conexión, la vamos haciendo más permanente, estable. Como si fuera cada vez más evidente que para ir de un punto al otro, ése es el mejor camino a tomar.
No importa tanto dónde lo guardamos sino con qué lo relacionamos.
Como las piezas de un rompecabezas, que sólo adquieren sentido cuando las relacionamos entre sí.
¿Por qué es tan importante aprender relacionando?
La importancia de las relaciones
Ya desde los aportes de Ausubel (1983) sabemos que el verdadero aprendizaje supone relacionar lo que estamos aprendiendo con algo de lo que ya sabemos (los queridos “conocimientos previos”).
Cuando aprendemos, incorporamos el nuevo saber de manera relacionada: lo integramos a nuestra estructura cognitiva, que es como una red de conocimientos, todos relacionados entre sí.
Por ejemplo, si incorporo el concepto “ladrar”, lo relaciono con que es el sonido que hace el perro, que es un mamífero, un animal doméstico, que mi tía tiene uno…
Esto hace que, más adelante, podamos relacionar –aun sin darnos cuenta- lo que está en un extremo de la red (simbólicamente hablando) con lo que está en el extremo opuesto: basta que vayamos siguiendo las conexiones, como si fuera una gran tabla llena de clavos que se van uniendo con un hilo.
¿Por qué esto resulta fundamental?
Porque nos permite usar lo que aprendimos de manera flexible en situaciones nuevas… que se supone que es para lo que aprendemos cualquier cosa: para poder volver a usar ese conocimiento en una nueva situación.
¿Y si no fuera así?
¿Si lo que aprendemos no pudiéramos relacionarlo con nada de lo que sabemos?
Estaríamos incorporando el nuevo conocimiento de manera aislada. Como si pusiéramos un clavo en un extremo de la tabla, y no le enlazáramos ninguna parte del hilo que une a los demás clavos…
Quedaría como una isla inalcanzable, de la que no conocemos las coordenadas…
Lo único que podríamos hacer con ese conocimiento es repetirlo textual, porque si no lo podemos relacionar con nada, eso implica que no sabemos de qué otra manera podemos referirnos a ese concepto, ni a qué otro grupo de conceptos pertenece, ni qué otros conceptos funcionarían como ejemplos…
Y esa repetición textual duraría un breve lapso de tiempo, hasta que desparezca en la neblina y nunca más sepamos dónde está.
Es el típico caso de cuando los alumnos no logran “explicar con sus palabras” un concepto que estudiaron, o cuando se olvidan de todo rápidamente después del examen.
"Si un contenido lo enseño sólo una vez, se forma una red neuronal muy débil, que se desarmará fácilmente. Por eso hay tantas cosas que vemos en la escuela y que después nadie recuerda. Aprender algo es poder usarlo en el momento oportuno, no para un examen, sino para la vida, no importa el tiempo que haya pasado."
(Fernández Coto, 2018)
¿Se nota por qué crear relaciones entre las cosas que sabemos es fundamental?
"Cuantos más conocimientos tenga una persona, cuanto más complejas sean ya sus redes, cuanto más relacionadas estén las unas con las otras a través de aprendizajes transversales, más fácil le será adquirir conceptos nuevos y más integrados quedarán, porque encontrarán un sustrato mucho más amplio y adecuado para enraizar. Si en un huerto hago un solo surco y lanzo aleatoriamente semillas por todo el terreno, muy pocas caerán en buen lugar para germinar. En cambio, si he hecho muchos surcos, habrá muchas más que podrán germinar."
(Bueno i Torrens, 2018)
Por eso, nuestra tarea como docentes es potenciar las relaciones. Necesitamos enseñar de manera tal que los alumnos creen relaciones entre lo que enseñamos y lo que ya saben, y fortalezcan las conexiones que ya tienen, afianzando el conocimiento.
"Es en estas conexiones, o, mejor dicho, en cada patrón concreto de conexiones, donde almacenamos todo lo que aprendemos. (…) Durante el proceso educativo actuamos directamente sobre estas conexiones, abriendo nuevos caminos y cerrando algunas puertas; es decir, alteramos físicamente las redes neurales de nuestros alumnos. Educar significa cambiar el cerebro de los demás."
(Bueno i Torrens, 2018)
Bueno, pero también podrían aprenderlo ahora así, aislado… Ya tendrán tiempo para relacionarlo más adelante con otra cosa… ¿no?
Y… no.
Si quedó como una isla a la deriva, de la cual no tenemos coordenadas donde ubicarla… ¿cómo la encontraríamos después?
Si el clavito quedó solito en el borde de la tabla, y no hay ningún hilo que llegue hasta él para vincularlo con otros… finalmente quedará en el olvido. No tenemos cómo “pescarlo” después.
Es como si mi bisabuela (la que aseguraba que el que guarda siempre tiene) hubiera guardado ese cosito que le estamos pidiendo en una cajonera enorme con mini-cajoncitos sin nombre (sin etiqueta)… ¿Cómo podría encontrarlo después?
Como con el cosito, “tener” un conocimiento pero no poder encontrarlo ni usarlo… es como no tenerlo, ¿no?
Éste es uno de los motivos por los cuales típicamente los alumnos dicen no recordar nada de lo que trabajaron en materias anteriores…
¡Cómo que no se acuerdan, si ya lo vieron! – Les decimos, ofuscados.
Y bueno… Aprendizaje que quedó a la deriva no es aprendizaje.
Favorecer las relaciones
Por todo esto es clave que ofrezcamos condiciones de aprendizaje que maximicen las posibilidades de uso del conocimiento.
El asunto es que, como ya dijimos acá no cualquier forma de aprendizaje de conocimientos hace igualmente probable su uso.
Al momento de encarar la enseñanza, entonces, necesitamos contemplar los siguientes pasos:
En primer lugar, es clave que identifiquemos qué saben los alumnos respecto de lo que vamos a enseñar. Eso nos va a permitir saber desde dónde partir.
"El secreto de la educación es: averígüese lo que el alumno sabe y enséñese en consecuencia."
(Ausubel, 1983)
En segundo lugar, debemos activar esos conocimientos previos que van a servir para anclar la nueva información. De alguna manera, implica “encender” esa parte de la estructura cognitiva de los alumnos para que “se prepare” para relacionarse con algo nuevo.
Es como decirle al alumno “de todo lo que sabés, es con esta parte con la que vamos a relacionar este contenido”, lo cual suele obtener el clásico “aaahhhh” como respuesta.
Una manera de activar conocimientos previos es a través de preguntas. Como vimos acá, al hacer una pregunta (o al leer o escuchar una pregunta que hizo otra persona pero nos resulta relevante, o al menos nos resuena) es como si abriéramos el índice de un libro para identificar en qué capitulo vamos a ubicar la nueva información (la respuesta que obtengamos).
Cuando una información nos llega como respuesta a una pregunta, de alguna manera trae consigo datos de dónde ubicarla.
Finalmente, nos toca preparar la información a enseñar de manera que sea más fácil de aprender.
Para eso, es clave organizarla partiendo de cuestiones generales, simples, conocidas por los alumnos, para llegar recién después, y poco a poco, a los conceptos específicos y más complejos.
“Las buenas explicaciones empiezan con formas de ayudar al estudiante a construir una comprensión adecuada. (…) Comienzan con lo sencillo, lo familiar, y gradualmente van añadiéndole complejidad y lo desconocido. (…) Las buenas explicaciones proceden de personas que se dan cuenta de que los que aprenden deben construir conocimiento en lugar de limitarse a absorberlo.”
(Bain, 2007)
Esto además permite captar la atención de los alumnos más fácilmente. Es más probable que el cerebro se predisponga a aprender si escucha que hablamos que algo que conoce que si oye "blablabla".
¿Cómo hacer para empezar por lo conocido, lo que resulta familiar?
Haciendo uso de recursos como imágenes, metáforas, historias, humor… O cualquier otro elemento que resulte familiar, y que haga más accesible la idea que se enseña.
- Las imágenes nos permiten visualizar las ideas y entenderlas desde otra dimensión.
- Las metáforas apelan a algo que ya conocemos para mostrarnos que se parece a lo nuevo que tenemos que aprender.
- Las historias nos interpelan, despiertan nuestro interés, y nos remiten a nuestras propias historias.
- El humor nos despabila, nos ofrece un enfoque muchas veces cotidiano y ciertamente memorable desde donde entender el nuevo concepto.
Porque, además, son manera de abordar cuestiones abstractas desde elementos concretos.
Y, como ya vimos acá, lo concreto es el lenguaje universal (Heath y Heath, 2007).
Ahora bien… ¿cómo elegir cuál de todos esos recursos usar?
La respuesta está en el velcro
Si lo mirás con detenimiento, uno de los lados del velcro está lleno de pequeños ganchos y el otro está lleno de pequeños bucles.
Cuando los juntás, un montón de ganchos se enganchan dentro de los bucles, y eso es lo que hace que el velcro se selle.
Nuestro cerebro es como el velcro.
"Tu cerebro alberga una cantidad asombrosa de bucles. Cuantos más ganchos tenga una idea, mejor se adherirá a la memoria. El hogar de tu infancia tiene un trillón de ganchos en tu cerebro. Un nuevo número de tarjeta de crédito tiene uno, con suerte. Los grandes docentes tienen la habilidad de multiplicar los ganchos de una idea en particular."
(Heath y Heath, 2007 - Traducción mía)
Cuantos más “ganchos” ofrezcamos (imágenes, metáforas, historias, humor, etc. etc. etc.) más chances de que alguna les resuene.
Y mientras más de ellas les resuenen y les permitan crear más relaciones con lo que ya saben, más afianzado quedará ese conocimiento, y más sencillo será recuperarlo después y poder utilizarlo de manera flexible en situaciones variadas.
Necesitamos utilizar la estrategia de “repetir con novedad” para que no queden dudas de que ese camino trazado en el cerebro entre un punto y otro es el mejor camino a seguir.
¡Síganme los velcros!
Referencias
- Ausubel, David (1983) Significado y aprendizaje significativo. En: Psicología Educacional. Un punto de vista cognitivo. (2° ed.) México. Trillas.
- Bain, Ken. (2007) Lo que hacen los mejores profesores universitarios. Trad.: Óscar Barberá. Valencia: Universitat de Valencia.
- Bueno i Torrens, David (2018) Neurociencia para educadores. Barcelona. Edición Octaedro - Rosa Sensat.
- Heath Chip, Heath Dan (2007) Made to Stick: Why Some Ideas Survive and Others Die. Random House.
- Fernández Coto, Rosana (2018) En: http://www.laprensa.com.ar/471514-Conocer-el-cerebro-para-aprender-mejor.note.aspx
Y vos, ¿cuántos “ganchos” ofrecés para cada idea que enseñás?
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