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Viviana Solberg
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"¿Por qué tengo que aprender esto?"

En busca del sentido perdido

Viviana Solberg 26 oct 2020
Una reflexión sobre las preguntas que los alumnos no hacen, y las respuestas que los docentes no damos. Te propongo llevar a tus alumnos de vuelta a la edad de los porqués, y que defendamos entre todos el derecho de aprender con sentido.

Cuántas veces escuchamos a nuestros alumnos hacernos esa pregunta…

Yo creo que pocas. No las suficientes. 

Los estudiantes universitarios suelen estar predispuestos a absorber lo que los docentes tengamos para contarles –lo logren o no, es otro cantar (¿Otro cantar? ¿Cuál fue el primer cantar?).

Birome en mano, toman nota de todo lo que digamos. 

Y es que ya conocen su rol en el contrato didáctico. Después de pasar años en el sistema educativo, son expertos en el oficio del alumno.

Ojalá lo preguntaran más. 

Ojalá antes de recibir cualquier cúmulo de información nos frenaran en seco y nos dijeran (con respeto): 

 

Lo malo es que ya pasaron la edad de los porqués.

Esa tierna etapa en que los niños preguntan todo y no se tragan nada. 

Porque está cansada.

Porque es viejita…

Porque tiene muchos años.

Bueno… Porque nació hace mucho.

Uff… No sé…

%&$·!”$

Si bien esta situación ha sacado de quicio a más de un padre o madre… ¡qué bueno sería que nuestros estudiantes volvieran a esa etapa!

En este post…​

  • Te cuento por qué me parece indispensable alentar a los alumnos a que pregunten por qué tienen que aprender lo que enseñamos.
  • Analizo qué es lo que solemos responder cuando aparece esa pregunta, y en qué medida son suficientes las razones que damos.
  • Te invito a descubrir cuál es –concretamente- el sentido que tiene para tus alumnos lo que vos enseñás, y te doy algo de letra para compartirlo con ellos.

¿Tiene sentido?
Vamos, entonces…

De vuelta a la edad de los porqués

La infancia es la etapa de aprendizaje por excelencia. En ese momento estamos ávidos de descubrir el mundo. Llenos de curiosidad. Todo nos asombra. Nada nos detiene.

En la edad de los porqués interpelamos a la realidad a escalas irreverentes. Preguntamos hasta aquello que no tiene respuesta (como esas preguntas que se hacen los científicos cuando están frente a algo que realmente desconocen… todavía). Inspeccionamos todo con un cierto extrañamiento…

Si pudiera, llevaría a mis alumnos universitarios de vuelta a esa etapa de la vida para que revivan ese fuego interior que los motivaba a conocer. Para que recuperen esa mirada suspicaz como la de quien desconfía de todo y exige motivos.

¿Y qué les respondemos?

Lo que me parece más grave no es que ellos lo pregunten poco.

Es que muchas veces los docentes no les damos una respuesta clara respecto de los motivos por los que tienen que aprender lo que enseñamos. 

En general caemos en algunos de estos tipos de respuesta…

  • "La disciplina X sirve para esto, esto y aquello…" 
  • "Esta materia tiene que ver con todo". (Típica respuesta de alguien que enseña matemática: "Si no sabés matemática no podés hacer las compras".)
  • "No importa para qué sirve. No tiene por qué servir. Es un fin en sí mismo. Es interesante per se".
  • "Lo necesitás para cursar las materias que siguen. Para obtener el título". 
  • "No lo vas a ver en ninguna otra materia de la carrera".

¿Son razones suficientes?

Algunas respuestas se centran en hablar de la disciplina y sus bondades.

Y otras ofrecen motivos por los cuales los alumnos necesitan aprobarla.

Incluso la última apela al argumento de la escasez. (Le falta decir. “mirá que se acaba, llamá ya”.)

Todo esto es muy bonito.

Pero no dice por qué ellos tienen que aprender nuestra disciplina.

El alumno tiene derecho al sentido

“Algunos colegas me han objetado: ‘¿Y si un grupo de alumnos de anatomía no quisiera estudiar el corazón?’. Mi respuesta encierra una doble cuestión: no creo que haya un grupo de estudiantes (no pervertidos por el sistema) que sean tan imbéciles que no quieran saber cómo funciona el corazón. Sinceramente, no lo creo. Por otra parte, el profesor de anatomía está allí para argumentar lo importante que es el corazón. Y si no es capaz de demostrar convincentemente esa importancia, debe dedicarse a otra cosa.”

(Santos Guerra, 2007: 144-5)

Soy una ferviente defensora del sentido. 

(Ya te diste cuenta, ¿no?)

¿Te pondrías a estudiar algo si te dijeran “vos apréndetelo, que más adelante, dentro de unos años, ya verás para qué te sirve”? 

Yo no.

Ni aunque me lo diga el mismísimo Presidente de la Didáctica (si existiera).

¡Es que tenemos recursos limitados! 

Por empezar, de tiempo

De todo lo que podría aprender para formarme profesionalmente, ¿esto es lo que más vale la pena? ¿Por qué?

En los contextos de enseñanza hacemos poco uso del concepto de costo de oportunidad.

Mientras hago una cosa, no hago otra. 

Si dedico tiempo a esto, me pierdo de aprender aquello. 

Es simple. Es claro. 

Si tengo tiempo limitado, quiero aprovecharlo de la mejor manera posible.

Pero no es sólo una cuestión de tiempo.

Aun si tuviera todo el tiempo del mundo, ¡quiero saber para qué tengo que aprenderlo!

Puede sonar a capricho, pero tiene más que ver con la motivación.

Aprender es un proceso que requiere mucho esfuerzo, tiempo, disposición mental… Requiere incluso enfrentarse con ideas previas y desaprenderlas para aprender otras nuevas. 

Hace falta autocontrol para superar obstáculos, hacer frente a frustraciones cuando el camino parece muy cuesta arriba, cuando no se ven los resultados esperados…

No voy a hacerlo por algo que no vale la pena, como me pasó con las técnicas de seducción del pavo real (te lo cuento al final del post).

No puedo aprender si no quiero. Y para querer tengo que encontrarle sentido.

Todos los caminos conducen al sentido

En las respuestas que damos habitualmente (que mencioné más arriba) a las preguntas (poco frecuentes) de los alumnos, falta un paso.

Quiero decir: supongamos que cuando te pregunto por qué tus alumnos deben aprender un determinado contenido, vos me decís:

(Esta era una de las respuestas habituales, ¿te acordás?)

Ante esto, yo preguntaría: 

¿Y qué?

Posiblemente, después de meditarlo unos segundos, vos responderías:

¡Ahá! ¡Ahí está!

El motivo no es que no lo van a volver a ver en la carrera.

El motivo real, de fondo, es que lo necesitan para su práctica profesional.

Lo mismo pasa con los restantes argumentos que solemos dar (la disciplina sirve para tal cosa, lo necesitás para obtener el título, etc.): les faltaba la pregunta “¿y qué?”

Y siempre la respuesta tiene que ver (o debería) con la profesión de destino.

En definitiva, la razón última en todos los casos es que lo necesitan para la profesión para la cual se están formando, de manera más o menos directa, como vamos a ver enseguida. 

Todos los caminos conducen al sentido.

“Entonces… ¿por qué tengo que aprender esto?”

Veamos algunos de los motivos reales por las que nuestros alumnos podrían tener que aprender lo que enseñamos, en el marco de la formación profesional que eligieron.

Relación directa con la profesión de destino

"Una estrategia muy sencilla es señalar las relaciones de los conocimientos y competencias a conseguir con el dominio de la ciencia o la profesión que se estudia. Mostrar con ejemplos el valor de adquirir esos conocimientos y esos objetivos para su futura actividad profesional tiene que ser siempre posible y relativamente sencillo."

(Huertas, 2009: 173)

El motivo principal por el que un estudiante puede querer aprender algo es porque le encuentra sentido desde el punto de vista de la profesión para la cual se está formando.

Contarles cómo van a usar lo que aprendan en nuestras materias les da motivos para aprenderlas. 

Y si se lo mostramos, mejor aún. Quiero decir, si les presentamos situaciones de la vida profesional en las cuales se ve nuestro contenido puesto en práctica, si se aprecia que el conocimiento que trabajamos no debe ser sólo recordado sino usado, y que eso permitirá resolver problemas profesionales… tenemos gran parte de la motivación ganada.

Entender el sentido despierta emociones. Nos hace sentir más cerca de la profesión que elegimos.

En cada asignatura será distinto, claro.

En las materias aplicadas, mostrar la relación con la profesión de destino es bastante sencillo. Los mismos docentes suelen desempeñarse como profesionales y pueden traer ejemplos de sus propias prácticas y relatar experiencias en las que usaron la teoría para resolver problemas.

En las materias básicas esto suele requerir un poco más de esfuerzo y creatividad. Desde la perspectiva del alumno, la práctica profesional todavía queda lejos. Visibilizar qué conocimientos van a necesitar requiere de mucha imaginación… y algo de fe.

Incluso para los propios docentes de las básicas puede ser complejo dar una buena respuesta: quizás ellos mismos no son profesionales como los que están formando (por ejemplo, un docente de física en la carrera de ingeniería es físico, y no ingeniero). Entonces desconocen las aplicaciones concretas que van a darle sus alumnos a lo que ellos enseñan. 

Esto puede solucionarse de varias maneras. 

  • La más evidente es investigar. Indagar un poco acerca de cuáles son esas posibles aplicaciones para después compartir la información encontrada con los alumnos. 
  • Incluso puede ser buena idea consultar con los docentes de las asignaturas aplicadas, y por qué no pensar en armar alguna propuesta conjunta para los estudiantes. Se podría, por ejemplo, presentar un panel con algunos profesionales que puedan contar cómo cada uno de ellos usa los conocimientos de la asignatura en sus prácticas diarias.
  • Otra alternativa es buscar esta información junto a los alumnos. Ya pasó de moda el docente sabelotodo. Si algo no lo sabemos, podemos decirlo sin problema. Pero claro, está bueno ofrecer alguna solución. Y buscar con ellos puede ser interesante. Me refiero a proponer que durante un período todos (alumnos y docente) indaguen y luego traigan para compartir lo que hayan encontrado en distintas fuentes, para debatir y sacar conclusiones juntos. 

En cualquier caso, encontrar la utilidad de los aprendizajes que promovemos en el marco de la profesión de destino de nuestros alumnos nos allana el camino de la motivación.

Entrenamiento mental

Otro motivo por el que vale la pena aprender un conjunto de contenidos o desarrollar habilidades es porque nos permite entrenar nuestra mente.

Este motivo quizás es más propio de algunas materias básicas, que tienen una función preparatoria en los planes de estudio tradicionales.

¿Cómo entrenamiento?

La mayoría de quienes hacemos alguna actividad física (como correr, ir al gimnasio, levantar pesas, bailar) no lo hace para convertirse en maratonista, ni fisicoculturista, ni bailarín. En cambio, lo hace para mantenerse en forma, y para que en el resto de las actividades de la vida el cuerpo responda de manera aceptable.

Pasa algo parecido cuando entrenamos la mente. Hacemos ejercicios de matemática, por ejemplo, para mejorar las habilidades de pensar lógicamente, y así poder ser mejores abogados, médicos, arquitectos, etc., y no (necesariamente) para ser matemáticos. En estos casos, la matemática sirve como entrenamiento mental. Para la mayoría de la gente es un medio para un fin, no un fin en sí mismo.

Entender que se trata de un entrenamiento necesario para nuestra vida profesional le otorga sentido a lo que aprendemos.

Comprender y enfrentar mejor el mundo

"¿Por qué una materia puede valer la pena? Porque habilita a pensar el mundo desde nuevos enfoques, porque permite entender lo que antes era inabordable, porque capacita para resolver problemas prácticos, porque nos vuelve menos esclavos del sentido común y de lo obvio, porque nos lleva a multiplicar las respuestas e interrogantes ensanchando nuestras fronteras materiales y mentales, porque da herramientas para iluminar lo que para otros son penumbras…”

(Carlino, 2005: 160)

Lo que se aprende en una asignatura también puede tener sentido porque nos permite entender mejor el mundo que nos rodea, en sentido amplio, y más concretamente los problemas del ámbito profesional.

En materias como sociología, por ejemplo, es posible aprender a interpelar la realidad, a ver el mundo de otra manera, a desentrañar sus reglas implícitas, a revisar sus tradiciones...

Reflexionar de manera crítica en torno a la realidad nos permite llegar más preparados a la práctica profesional.

La profesión como destino

En cualquiera de estos casos, los aprendizajes que proponemos tienen que ver con la formación profesional de los estudiantes.

En algunos casos, se trata de aprendizajes centrales y que verán su aplicación directa en la práctica profesional. En otros, se trata más de un entrenamiento, o de incorporar una nueva manera de mirar el mundo e interpretarlo. 

De cualquier manera, los alumnos necesitan conocer esos motivos que le dan sentido a su tarea de aprender.

Explicitar el sentido es como hacer zoom out.

Es mostrarles hacia dónde estamos yendo (o, en realidad, hacia donde están yendo ellos, acompañados por nosotros) y por qué es necesario tomar este camino.

Poner lo que enseñamos en contexto, es mostrar que cada cosa nueva que tienen que aprender vale la pena.

Es como preguntarnos: ¿por qué estoy batiendo huevos?

¡Ah! Porque estoy preparando una torta.
 
Si no lo pongo en perspectiva, seguir haciéndolo no tendría sentido.

¿Y en qué momento les digo “el sentido”?

Quizás te estás preguntando…

Entender el sentido no es un momento: es un proceso. 

Como el aprendizaje, que no se produce de una vez, sino por aproximaciones sucesivas.

El sentido se capta a medida que se van trabajando los contenidos y se van visualizando los motivos que justifican su aprendizaje.

Por lo tanto, tenemos que explicitar estos motivos toda vez que haga falta, junto con la presentación de los contenidos.

Si no tenemos tiempo de explicar el sentido de lo que enseñamos… le estamos pifiando a las prioridades.

“Si la escuela quisiera fomentar el deseo de saber y la decisión de aprender debería aligerar considerablemente sus programas para integrar al tratamiento de un capítulo todo lo que permite a los alumnos darle sentido y tener ganas de apropiarse de él.”

(Perrenoud, 2004: 58)

La motivación por aprender decae cada tanto, y hay que rescatarla tantas veces como sea necesario.

La comprensión del sentido del aprendizaje es tan importante (o más) que el aprendizaje en sí.

Así que si los alumnos no están entendiendo por qué tienen que aprender lo que enseñamos, es un buen momento para detenernos a pensar juntos y a encontrar las aclaraciones necesarias.

Y, claro, también sería ideal dejar constancia en el programa de la asignatura de los motivos que justifican la propuesta, así toda la comunidad universitaria puede volver a él cada vez que alguien se esté preguntando por qué hay que aprender lo que enseñamos.

El aprendizaje será con sentido o no será

Alentemos a nuestros estudiantes a que pregunten por qué.

Y si no tenemos respuestas, busquémoslas juntos.

Los alumnos tienen derecho al sentido. No me canso de decirlo.

PD: ¿Sabés por qué tuve que aprender las técnicas de seducción del pavo real mientras cursaba el primer año de Ciencias de la Educación

Yo no. 

Nunca supe.

Pero era uno de los contenidos que formaba parte de la materia Biología del Desarrollo, el Aprendizaje y el Comportamiento. El nombre de la asignatura tenía buena pinta, pero muchos de los contenidos que trabajaban tenían poco que ver con los seres humanos… También tuve que estudiar cómo copulan las ratas… ¿Algún “sentido” a la vista? 

Creo que la intención era que aprendiéramos algunas características de los animales para después extrapolarlas a las personas…

Pero… ¿posta? ¿De todos los contenidos posibles para enseñarnos cómo se desarrolla, aprende y se comporta un ser humano, esto era lo mejorcito? (Porque creo que nadie de los que estábamos ahí estaba interesado en educar animales… Y menos mientras copulan.) Qué desperdicio de tiempo y entusiasmo… 

Referencias 

  • Carlino, Paula. (2005). Escribir, leer y aprender en la universidad. Una introducción a la alfabetización académica. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
  • Huertas Martínez, Juan Antonio (2009) Aprender a fijarse metas: Nuevos estilos motivacionales. En: J. I. Pozo y M. P. Pérez Echeverría: Psicología del aprendizaje universitario: la formación en Competencias. Madrid. Morata.
  • Perrenoud, Philippe. (2004) Diez nuevas competencias para enseñar. Barcelona, Graó. 
  • Santos Guerra, Miguel Ángel (2007) Epistemología genética y numismática o el absurdo hábito de la copia. En: Casamayor, Gregorio (coord.) Los ‘trucos' del formador. Arte, oficio y experiencia. Editorial Graó. Barcelona.

Y vos, ¿cómo compartís con tus alumnos cuál es el sentido de lo que tienen que aprender en tu materia?
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