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Viviana Solberg
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El tiempo es tirano, ¿o el tirano soy yo?

El problema de priorizar

Viviana Solberg 27 ago 2020

El tiempo en la enseñanza nunca alcanza. O, en realidad, alcanza para algunas cosas y para otras no. ¿Y si dejáramos de correr contra el reloj y revisáramos a qué le estamos dando importancia? 

Es fija. Hay gente que nunca tiene tiempo para nada. 

¿Nos vemos esta semana? 

Hasta donde sé, el tiempo es el mismo para todos

Quiero decir: el día tiene 24 horas, la semana tiene 7 días, el mes tiene 4 semanas y pico… Para vos y para mí.

Si en un día de 24 hs (y sí, ¿de cuántas horas va a ser?) vos decidís trabajar 8, dormir 8, asignar 4 (repartidas a lo largo de la jornada) a comer, bañarte, vestirte, etc., y 2 a transportarte… te quedan 2. 

En esas 2, quizás decidís visitar a tu mamá. Entonces no te queda tiempo para que nos veamos… 


Y, no. No veo. Tiempo tenías. Pero elegiste hacer otra cosa. Podrías haber dormido menos horas, o no haber visitado a tu mamá hoy… 

O incluso evitar bañarte, vestirte… (No, esto mejor no.)

Todos tenemos el mismo tiempo disponible. 
La cuestión es que elegimos llenarlo con cosas distintas.

Es un tema de prioridades

Con esto no quiero iniciar una competencia: que si tu mamá es más importante que yo (probablemente lo sea en la mayoría de los casos), que si preferís dormir antes que verme (¿quién no?)…

Propongo que nos sinceremos

En este post…

  • Voy a defender la idea de que ponemos a la falta de tiempo como excusa para lo que no hacemos. 
  • Y voy a analizar cuáles son algunas de las decisiones que nosotros mismos tomamos, y que nos ponen el tiempo en contra.
  • Y finalmente te voy a proponer que repensemos juntos a quién pretendemos ganarle cuando corremos contra el tiempo como desaforados… 

¿Listos? ¡Ya!

La excusa del tiempo

Tranqui. Nos pasa a todos.

Yo tengo que bajar la ropa de invierno hace meses y no lo hago… porque no tengo tiempo.

Y sí… Pero viste como soy… ¡Estoy a full!

Cuando hay ganas, hay tiempo.
Cuando no, hay excusas.

Seamos sinceros. En la vida en general, le asignamos tiempo a lo que creemos importante, sea lo que sea
O, al menos, deberíamos. 

¿Lavo los platos o juego un rato con mi hija? 
¿Veo un capítulo de mi serie favorita o termino el informe que tengo que entregar mañana?

Cuando nos quejamos a alguien (a una pareja, a un amigo, a un familiar) de que no pasa suficiente tiempo con nosotros, ¿qué le estamos queriendo decir? 
Probablemente, que no le importamos lo suficiente. 
Que no nos prioriza frente a otras actividades o personas (como su mamá).

Cuando sentimos que algo no anda bien con la asignación del tiempo, en realidad estamos cuestionando las prioridades (propias y ajenas).

¿Y qué pasa en el aula?

¿Por qué no promovés la participación de los alumnos durante las clases?

¿Por qué no trabajás el contenido XXX?

¿Por qué no trabajás por proyectos donde cada alumno pueda elegir sobre lo que quiere profundizar…?

Sea como sea, siempre sentimos que en la enseñanza el tiempo no alcanza

Seguramente nos aflige que no llegamos a “dar” todos los contenidos, a “cubrir” el programa.

¿Será que nuestras propias decisiones a la hora de programar la enseñanza influyen en que el tiempo no alcance?

Analicemos lo que puede estar pasando.

Desnaturalicémo(no)s un poco…

a) Tenemos un programa demasiado ambicioso

El tiempo no alcanza, por un lado, si lo que nos proponemos es demasiado ambicioso. 

Ambicioso en términos de cantidad de contenidos que pretendemos trabajar en un determinado periodo, tanto dentro de la clase, como fuera de ella

Solemos pecar de enciclopedistas..

Pero también en cuanto a la profundidad que nos gustaría lograr en ese trabajo.

Por ejemplo:

¿Cuánto tiempo hace falta para enseñar “la Revolución de Mayo”? 

Y… depende.

Podemos dar una clase de media hora o trabajar un cuatrimestre entero. O cualquier otra opción entre ambas. 

Esto se relaciona con el dilema de la frazada corta: ¿priorizaremos la extensión o la profundidad? Es decir, ¿enseñaremos muchos contenidos de manera relativamente superficial, o pocos en profundidad? 

Como te estás imaginando, el trabajo en profundidad lleva más tiempo que el trabajo superficial. 
Por lo tanto, si elegimos trabajar en profundidad, podremos abarcar una menor cantidad de contenidos que si eligiéramos ofrecer un pantallazo superficial de muchos de ellos.

Como no tenemos tiempo infinito, tenemos que elegir… Todo no se puede.

Si en un cuatrimestre, además de la Revolución de Mayo queremos enseñar otros 3 eventos igualmente significativos, tendremos que hacer tiempo para ellos. Y eso implica trabajar la Revolución de Mayo con menor profundidad que si le hubiéramos dedicado el cuatrimestre entero.

Se trata de encontrar una solución de compromiso que nos haga sentir cómodos.

En nuestra decisión influirá el sentido que tenga el aprendizaje buscado en la profesión de destino de los alumnos. No será lo mismo si consideramos que los alumnos necesitan conocer el tema en profundidad (porque es central en la profesión para la cual se están formando), o si les alcanza con un pantallazo. 

Si la propuesta es demasiado ambiciosa en la relación extensión / profundidad, el tiempo no va a alcanzar. 

Fija.

b) Priorizamos unas cosas sobre otras 

Pero además, como nos pasa en nuestra vida personal, al programar la enseñanza priorizamos unos contenidos y actividades por sobre otros. Por eso no alcanza el tiempo para todo.

Tenemos tiempo para lo que consideramos esencial (a expensas de otra cosa). Si no llegamos a trabajar un contenido o a proponer una actividad, es porque preferimos hacer otra cosa en su lugar.

Lo que hay en juego son concepciones acerca de qué es lo que tienen que aprender los alumnos, y cómo se produce ese aprendizaje.
  • Si priorizamos exponer antes que promover la participación de los alumnos, será porque consideramos que es así como se aprende: escuchando. 
  • Si siempre tenemos tiempo para trabajar unos contenidos, pero no nos queda tiempo para abordar otros, será porque consideramos que son prescindibles. 
  • Si las actividades son siempre el último orejón del tarro, probablemente sea porque no nos parecen importantes para el aprendizaje. 

No estoy haciendo un juicio de valor sobre lo que elegís.

Sólo digo que es un tema de prioridades.

Lo menos que podemos hacer es tomar conciencia.

c)    No consideramos los tiempos del aprendizaje

Por otro lado, el tiempo no alcanza si programamos considerando el tiempo de enseñanza, y después durante la cursada nos damos cuenta de que los tiempos del aprendizaje son otros (y pueden ser diversos).

Por lo general, cuando tenemos en cuenta el tiempo de enseñanza tratamos de estimar el tiempo que nos lleva a nosotros exponer los contenidos, sin interrupciones. 

O, en realidad, con interrupciones “calculadas”, de ésas en las que uno anticipa: 

“Acá seguro me preguntan por tal concepto”

“Acá me piden un ejemplo para entender mejor –siempre cuesta entender ese concepto-“

“Acá me suplican que explique de vuelta porque fui muy rápido –suelo ir muy rápido en esta parte-” 

Pero, en realidad, sería fundamental considerar los tiempos del aprendizaje.

Además de preguntarnos: 

¿Cuánto tiempo hace falta para enseñar “la Revolución de Mayo”? 

Tenemos que preguntarnos: 

¿Cuánto tiempo hace falta para aprenderlo? 

Esto no se refiere únicamente al tiempo de estudio, sino en realidad al del procesamiento que debe hacer el cerebro cada vez que está frente a una información nueva. Y no se trata de un tiempo único.

Cuando hablamos de aprendizaje, desde el constructivimo, decimos que el conocimiento se construye. No es una mera copia de la información que recibimos del exterior.

Permitime esta analogía, un poco tirada de los pelos (aunque no descabellada): 

¿Qué lleva más tiempo, escribir una carta o sacarle una fotocopia? 

Escribirla, ¿no?

Y claro. Porque la escritura requiere construcción: considerar mis objetivos, elegir palabras y estilos, revisar lo escrito para adecuarlo al destinatario, corregir errores... 

¿Y cuánto tiempo lleva? 

Ya sabés: depende. 

Depende de cuánto tiempo le lleve todo lo anterior a cada uno de nosotros, e incluso cuán bloqueados estemos al momento de escribir, o cuán motivados, o cuánto conozcamos al destinatario, y cuánto sepamos del tema que escribimos...

Con el aprendizaje pasa lo mismo. Nadie aprende de una vez. Cuando se trata de lograr aprendizajes profundos y duraderos, es necesario abordar recursivamente los mismos contenidos y efectuar ajustes paulatinos. 

El aprendizaje requiere de aproximaciones sucesivas.

Tener esto en cuenta al programar la cursada resulta fundamental.

“La dinámica de trabajar un tema y considerarlo entonces por “dado” puede hacer que, a lo largo de un curso, se expongan un sinnúmero de contenidos, pero es inefectiva para contribuir a que éstos sean aprendidos. Resulta necesario organizar la enseñanza previendo que los alumnos acometan el mismo asunto una y otra vez.” 

(Carlino, 2005:156)

El aprendizaje requiere de mucho más tiempo del que lleva una exposición del tema.

Los alumnos necesitan dejar reposar las nuevas ideas, ponerlas a discutir con las anteriores, aceptar que van y vienen en un proceso no lineal de aprendizaje. Por eso es indispensable que, como docentes, contemplemos varias instancias de trabajo para cada contenido y preveamos oportunidades en las que ellos puedan rever lo visto y hecho anteriormente. 

Esto inevitablemente quita tiempo para trabajar otros contenidos. Claro, es la frazada corta. 

Lo mismo pasa con el estudio de los alumnos fuera del aula. Hay un tiempo que es el que les lleva leer un texto, por ejemplo. ¿Pero cuánto les lleva procesarlo, entenderlo? Quizás tengan que volver a leerlo para detectar las ideas centrales que en la primera lectura estaban escondidas. Quizás necesiten hacer un resumen para chequear si van entendiendo. O anotar las dudas, para plantearlas en clase. 
O quizás una vez que hayan leído otro texto, o participado de una nueva clase, deban volver al texto inicial para leerlo ahora con nueva información en mente, lo que les permite entenderlo mejor. O confundirse más, y elegir volver a empezar por otro lado.
O quizás simplemente necesiten dejar pasar tiempo para que las ideas se acomoden. 

También ocurre con el desarrollo de habilidades o competencias (escribir notas periodistas, interrogar pacientes, preparar un alegato, por poner unos pocos ejemplos): requieren de un proceso recursivo que permita ir perfeccionando y corrigiendo sobre la marcha.

Como cuando queremos correr una maratón. Tenemos que entrenar. ¿Poco o mucho? Dependerá de cuán preparado esté cada uno y cuál sea el objetivo a alcanzar. 
En cualquier caso, no alcanza con que nos digan “vos corré” y nos den un par de recomendaciones. 

Los tiempos del aprendizaje suelen ser mayores al tiempo de enseñanza. 
Necesitamos tenerlo en cuenta al programar la cursada. 

d)    Exigimos el programa completo

Por último, el tiempo no alcanza si proponemos que los alumnos adquieran la totalidad de una lista (larga) de contenidos. Porque suele ser larga, ya dijimos.

En cambio, el manejo del tiempo se hace más fácil si proponemos una formación con opciones

Esto quiere decir: puede haber un tronco de contenidos que todos los alumnos tienen que aprender –porque los consideramos fundamentales para ellos- y otro "menú" de contenidos del que pueden elegir alguno/s para hacer algunas actividades… Por ejemplo, analizar una nota periodística sobre una temática que aborda la materia, o investigar esa temática para hacer una monografía. 

Como los alumnos no tienen que aprender todos los contenidos optativos del menú, sino sólo el que eligen, la cursada se descomprime y podemos hacer un mejor uso del tiempo, por ejemplo, para que cada uno trabaje en profundidad el tema elegido, en lugar de sobrevolarlo desde lejos.

La formación con opciones aporta una alta cuota de motivación por el hecho de poder elegir algo de lo que deben aprender, práctica bastante poco frecuente en muchos ámbitos de enseñanza. Cuando podemos elegir, nos sentimos mejor y más comprometidos con lo que tenemos que hacer.

Basta de tiranos

Según la RAE, un tirano es alguien que abusa de su poder.

Con la excusa del tiempo, nos estamos convirtiendo en tiranos.

Proponemos programas demasiado ambiciosos, que deben aprender de principio a fin, priorizamos unas cosas y no dejamos tiempo para otras, y no tenemos en cuenta los tiempos del aprendizaje.

“Apúrense –les decimos a nuestros alumnos-, aprendan rápido, que si no, no llegamos”.

La formación profesional de nuestros alumnos es una transformación personal

No pueden transformarse apurados.

Contribuimos mucho más a la formación de los estudiantes si nos encontramos con ellos, que si damos un contenido más, a las apuradas…

El tiempo no es un enemigo.
Usémoslo a nuestro favor. Pero, sobre todo, a favor de los alumnos.
Lo aprovechamos mejor si lo usamos para encontrarnos.
Eso le daría más sentido a nuestra tarea.

Decidamos lo que hacemos con el tiempo

No estemos a full, si no queremos. 

¿Y si nos relajáramos un poco?

¿Y si dejáramos de correr contra el reloj?

¿A quién le ganamos si llegamos a dar todo lo que previmos?

¿Contra quién corríamos la carrera?

¿Realmente importa si no llegamos a “cubrir” la materia? ¿A quién le importa?

¿Las personas que egresan de nuestras instituciones son malos profesionales por ese último contenido que no llegamos a darles?

En definitiva…

¿Quién dijo que el cuatrimestre es la medida justa para lo que tenemos que dar?

 

¿Y si nos enfocáramos en perseguir objetivos de aprendizaje profundos, más que en abarcar un listado de contenidos?

“Quiero tiempo, pero tiempo no apurado.
Tiempo de jugar, que es el mejor.”

(María Elena Walsh)

¿Y si en una clase, una sola, probáramos algo distinto? 
Una conversación con los alumnos, por ejemplo. 
O un juego. 
O un experimento loco.
O una actividad en la que ellos formulen todas las preguntas que se les ocurran acerca de la materia. 
O una clase como universo paralelo.
O cualquier otra cosa poco habitual.

Y si no funciona, no pasa nada.
Porque, la verdad… Si “perdemos” una clase, no pasa nada
Y quizás no la estamos perdiendo.

El sentido de las clases en la universidad no es dar más y más contenido. 
Es el encuentro. 

Si nos encontramos, compartimos, debatimos, argumentamos, dudamos… ya valió la pena.

Una vez más: enfoquemos los objetivos que realmente importan.

Aprendamos a priorizar.

Referencias

  • Carlino, Paula. (2005). Escribir, leer y aprender en la universidad. Una introducción a la alfabetización académica. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
  • Feldman, Daniel y Palamidessi, Mariano (2001) Programación de la enseñanza en la universidad. Problemas y enfoques. Colección Universidad y Educación. Serie Formación Docente Nº1. Área Planificación, Evaluación y Pedagogía. Secretaría Académica - UNGS. 
  • Perrenoud, Philppe. (2004) Diez nuevas competencias para enseñar. Barcelona, Graó. 

Y vos, ¿ya decidiste cuál es la mejor manera de aprovechar la cursada?
¡Contame en los comentarios!

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