¿Sabías que las experiencias agradables nos hacen aprender mejor? Te cuento cómo preparar una clase para que tus alumnos degusten con todos los sentidos y se vayan con ganas de más. ¡También virtual!
¿Alguna vez intentaste aprender algo en medio de un ambiente hostil?
Imaginemos esto.
Embotellamiento en hora pico. Concierto de bocinas desafinadas. Sol, mucho sol. Bondi repleto, sin aire, obvio. Empujones ofuscados. Lucha encarnizada –pero silenciosa- por ganar un centímetro más: urge apoyar el pie que está en el aire desde hace rato. Olores humanos varios.
Denominarlo “sardinas enlatadas” sería bondadoso.
Y vos –en tu época de estudiante- con tu hojita de resumen (doblada en 4, porque si la abrís se la das en la cara a la señora que tiene el tupé de estar cómodamente sentada delante tuyo) tratando de repasar esos conceptos complejos que seguro toman en el examen, dentro de un rato.
Estás considerando no presentarte a rendir.
Y hasta mudarte al campo con tal de no tomarte NUNCA MÁS ESTE COLECTIVO DE M%@&$…
Te banco en ésa.
Es bastante difícil concentrarse en aprender en ambientes hostiles. Primero hay que sobrevivir.
En cambio, los ambientes agradables invitan al trabajo creativo, a la generación de ideas, a la comprensión profunda de conceptos complejos.
Por eso es importante generar un buen ambiente de trabajo en el aula.
Porque un buen ambiente crea una experiencia placentera.
En este post…
- Te cuento por qué creo que ir a clase debería ser como ir a un restaurant.
- Y por qué las clases así pensadas contribuyen a desarrollar aprendizajes de calidad.
- Y también te cuento algunas de las cosas que yo hago en mis clases (presenciales y virtuales) con la intención de convertirlas en experiencias placenteras.
¿Vamos?
¡La mesa está servida!
Experiencias completas
Cuando vamos a comer afuera, ¿cómo elegimos el restaurant?
Muchos creerán que la comida es lo más importante.
Pero no necesariamente es así.
Bah, momento.
Lo que quiero decir es: la comida es importante, sí.
La comida no puede ser mala.
Si es mala, ya está. Fue. Cortemos acá. Hablemos de otra cosa. (¿Qué tal el clima hoy?)
Pero, además de la comida, muchos de nosotros también valoramos otras cosas: cómo está iluminado el lugar, si tiene plantas, si hay música de fondo, cómo nos trata el mozo…
En definitiva, prestamos atención al ambiente en su totalidad.
No vamos a buscar sólo comida.
Vamos en busca de una experiencia.
A mí me pasa.
Seguro que a vos también.
Para todos los gustos
Cada uno de nosotros valora cosas distintas.
A algunos les gustará más un ambiente así…
Música suave. Murmullo proveniente de las otras mesas, lejanas. Luces tenues que invitan a adivinar lo que dice el menú. Pocos platos para elegir, con nombre propio. Varias copas y juegos de cubiertos para cada comensal. Servilletas que acarician. Mozos que toman el pedido con una voz muy gentil y medida. Platos que parecen una obra de arte moderno: pocos trozos de comida, con ingredientes poco conocidos o combinados de manera original, finamente decorados y alineados.
Y otros prefieren uno así:
Olor a cocina. Cubiertos de metal que chocan. Sillas de madera o mimbre, no especialmente cómodas. Mesas pegadas: casi que podés ir saltando entre la conversación de tu mesa y la de al lado. Mozos rústicos y añosos. Se los oye tomarle el pedido a la mesa de la otra punta. Grisines infaltables. El menú de siempre, en todo sentido. Comida tradicional (la que hacían nuestras abuelas). Platos abundantes, para compartir. Presentación limitada: hojas de perejil o medio tomate en forma de flor.
¿Ves? Las opciones son variadas.
Algunos de nosotros preferimos sentirnos como en casa, y otros buscamos una experiencia única y exclusiva.
Pero en cualquier caso, valoramos algo más que la comida.
¿Qué tiene que ver esto con nuestras clases?
Excelente pregunta.
Y muy buen momento para hacerla, porque me estaba yendo por las ramas.
La respuesta es sencilla: todo.
Tiene todo que ver.
Y, básicamente, ese todo se resume así:
Ya lo dijimos: si la comida es horrible, la experiencia me va a importar un pepino.
Pero si la comida es buena, la vamos a disfrutar (y luego recordar) mucho más si tuvimos una experiencia placentera para todos los sentidos.
Y otra vez me fui.
¿Qué tiene que ver esto con las clases? –Me habías preguntado.
(Me parece que tengo hambre…)
Volvamos.
Aunque, a este punto, supongo que ya sabés adónde quiero llegar.
Nuestros alumnos van a aprender mejor si están en un lugar en el que se sienten bien, a gusto, cómodos.
Van a disfrutar más del contenido que les compartimos, de las actividades que les proponemos, si están en un ambiente que los invita a aprender.
¿Cómo podemos hacer que se sientan bienvenidos?
Prestando especial atención no sólo al menú que les ofrecemos sino también al ambiente que generamos.
Vayamos por partes, diría el cocinero…
Un menú posible
Ya dijimos. El ambiente es fundamental, pero la comida no puede ser mala.
Y si es excelente, mejor.
“Tenemos que invitar a los alumnos al banquete de conocimiento. Demostrarles que ofrece bocados exquisitos.”
(Carlino, 2005: 160)
Dejemos el tema del ambiente por un ratito, y veamos cómo podemos armar un menú que deje a los alumnos con la boca abierta. (Pero no mientras comen, ¿eh? Que queda feo.)
Entrada
La entrada suele estar subvalorada.
Muchas veces es vista como algo para completar el plato principal y no quedarse con hambre.
Pero es mucho más que eso.
En el aula, es el momento ideal para darles a los alumnos motivos para que se queden.
Para que quieran quedarse.
Una buena entrada debería tener alguno/s de los siguientes ingredientes:
- Un conjunto de preguntas que ellos mismos podrían estar haciéndose, y que se van a ir respondiendo en las próximas horas.
- Un motivo para querer aprender lo que sigue, relacionado al sentido que tiene en el marco de su formación de destino.
- Una incógnita, algún dato que les muestre que hay algo que no saben y les genera intriga averiguarlo.
- Una frase controversial que genere posiciones encontradas y la necesidad de avanzar en el trabajo con la teoría para encontrar argumentos.
- Una actividad que les permita poner en juego sus saberes previos y descubrir que no les alcanzan para resolver el problema.
- Una historia atrapante que le dé contexto a los contenidos que se van a trabajar más tarde. (Hablamos de los beneficios de las historias acá.)
Plato principal
El plato principal abarca el desarrollo fuerte de la clase, y por lo general incluye 2 ingredientes centrales:
- Exposición del docente
- Actividades de los alumnos
En las clases teóricas suele predominar la exposición, a veces al 100%. Generalmente se deja poco espacio (en realidad, tiempo) a que los alumnos realicen actividades.
Pero aún con poco tiempo, es recomendable agregar aunque sea unas pocas gotas de actividades express para realzar el sabor del plato y despabilar al auditorio.
¿Quién no disfruta de encontrar esas pequeñas sorpresas en medio de un plato más bien monótono?
Pero aún si esto no es posible (¿por qué no lo sería?), idealmente toda exposición debería estar aderezada con imágenes y otros recursos, de manera de mantener la atención de los comensales.
La receta de las clases prácticas suele incluir bastantes actividades más, muchas veces intercaladas con exposiciones del docente.
Es de destacar que, aun en clases en las que predominan las actividades, lo habitual es comenzar con la exposición (aunque conviene recordar que no es bueno empezar por ahí sin que haya habido una entrada contundente ligada a la práctica que permita que los alumnos se hagan preguntas que la exposición va a responder).
Pero por qué no sorprender a los comensales dejando la exposición para después, e iniciar con actividades en grupo, por ejemplo, en las que los alumnos deban poner en juego sus saberes previos y sus propias interpretaciones de algún hecho o teoría.
Una actividad así debería estar alineada, claro, con una buena guía que oriente la tarea.
Por otro lado, más allá de las proporciones de exposición y actividades que haya en cada receta, podríamos ofrecer un menú a la carta, en el que cada comensal elija algún ingrediente del plato. ¿Puré o papas fritas? ¿Salsa de tomate o crema? Una formación con opciones (en la que sea posible elegir alguna temática a profundizar, por ejemplo) permite poner en juego los propios intereses, aumentando la motivación y generando un clima positivo. (En otro post profundizaremos sobre este tema.)
Postre (o café)
Y el postre... Es lo que le da sentido a todo lo anterior, lo que permite dar un cierre único a una experiencia exquisita. El postre es la frutilla del postre (cuac).
En este momento toca hacer una salida triunfal.
Para eso es fundamental no quedarse sin tiempo. Para que la experiencia sea redonda, tenemos que cerrarla como corresponde.
Como advierte Imbernón, es mejor dejar para mañana lo que no puedas explicar hoy:
"Si justo antes de acabar observas que te quedan cosas por decir, es mejor no decirlas. La gente quiere marchar. Si corres y tus palabras se precipitan y se atropellan el resultado es que unos no escuchan, otros no te entienden, y el resto se siente culpable por salir de estampida."
(Imbernón, 2007: 82)
Necesitamos resaltar los sabores degustados durante la velada. Y terminar con una panzada impactante que deje en la boca un sabor que perdure. Un gustito a quiero más...
Y para los más clásicos... Está el café.
El ambiente
“¿Es posible que la arquitectura de los colegios no responda hoy a lo que de verdad requiere el proceso cognitivo y emocional para aprender (…) y sean, además, potenciadores de agresión, insatisfacción y depresión?”
(Mora, 2013:76)
Pero además de proponer un menú atractivo y original, tenemos que pensar en el ambiente que vamos a ofrecer en el aula.
Como en el restaurant, la comida no es lo único que importa.
¿Cuál es la experiencia completa que les proponemos?
Y no me refiero a bajar las luces y poner música chill… Corremos el riesgo de dormirnos todos, ¡nosotros y ellos!
Aunque, claro, hay docentes que sí llevan música al aula… ¡Me parece genial!
Yo no soy de ésas. No puedo. A mí la música me encanta, al punto que me mantiene atrapada. Si está sonando una melodía que me gusta, no puedo prestar atención a otra cosa. Menos, gestionar una clase.
¿Cómo construyo el ambiente en mis clases presenciales?
“Efectivamente el ambiente influye en los aprendizajes, en la educación. (…) Pero el ambiente que más influye, con diferencia, es el social, la relación que establecen con los compañeros y los profesores.”
(Bueno, 2019:120. El destacado es mío)
Cuando doy clases (por lo general, Talleres para docentes universitarios) me gusta cuidar una serie de detalles para humanizar las clases, para recordarnos (a todos) que se trata de un encuentro entre personas. Que el vínculo importa. Por ejemplo…
- Llego con mucha antelación para preparar todo. Como si fuera una obra de teatro, quiero estar bien lista antes de que comience la función. Conecto el proyector, me aseguro de que todo funcione, preparo mis papeles y las actividades del día. ¡Siempre hay involucrados materiales de distinto tipo! Con todo listo, me siento a repasar mi guion mientras espero a que vayan llegando los alumnos, y a medida que entran, les doy la bienvenida –cual maître- y los invito a elegir dónde sentarse.
- Llevo bizcochitos para compartir. Y los hago circular en el intervalo, o en los momentos de trabajo grupal (que son frecuentes en los Talleres). Bromeo con que quiero que en mis clases encuentren alimento para el cerebro y también para el estómago (como en el restaurant). Me interesa mostrarles que somos un grupo de personas trabajando, y como tal compartimos lo que llevamos, empezando por mí. Suele pasar que, después de las primeras clases, algunos de los alumnos también llevan algo para compartir. ¡Misión cumplida!
- Corrijo trabajos en tiempo y forma. Entiendo que si a ellos les pido que destinen parte de su tiempo en las tareas del Taller, yo tengo que hacer lo mismo. Y no sólo preparando las clases. También brindando feedback a sus producciones. Lo hago lo más rápido posible -a nadie le gusta esperar demasiado por la comida-, para que sea significativo (y no haya quedado en el olvido). Y señalo primero aciertos (¡siempre hay!), y después aspectos a mejorar. Creo que genera una experiencia de confianza y respeto mutuo.
Por supuesto, todo esto es más sencillo de hacer si los grupos no son muy numerosos, y si uno no está corriendo de clase en clase. Pero aun cuando las condiciones no son óptimas (sobre esto hablamos acá), hay alternativas para ofrecer a los alumnos una experiencia que invite a estar ahí.
Por ejemplo, quizás pensemos que no nos da el bolsillo para llevar bizcochitos para compartir con un grupo numeroso. Pero, en realidad, lo que cuenta es la intención. No hace falta dejar a todos saciados, ni hacerlo todas las clases. Estoy segura de que si llevás algo para compartir durante las primeras clases, y después invitás a que algún alumno tome la posta, más de uno se engancha, y terminan compartiendo un Google Calendar para saber cuándo le toca a cada uno.
¿Y en los entornos virtuales?
Puede que en contextos virtuales sea un poco más difícil esto de humanizar el encuentro… ¡básicamente porque no nos encontramos!
Bah, los defensores acérrimos de la virtualidad dirían que nos encontramos igual a través de las pantallas…
Yo creo que igual-igual, no es… Pero la virtualidad es una gran alternativa cuando la presencialidad es difícil (por problemas de horarios) o imposible (como durante la bendita cuarentena).
Compartir bizcochitos se complica, es verdad.
Pero hay un montón de otras cosas que podemos hacer para que los alumnos se sientan acompañados a la distancia.
Éstas son algunas de las cosas que hago yo:
- Utilizar un lenguaje cercano y conversacional. Y aderezarlo con imágenes y emoticones. Todo lo que permita agregarle emoción a las palabras tipeadas a la distancia.
- Enviar mensajes “motivadores” (como los describió mi amiguísima Nuria). Animar a los alumnos a participar a la distancia no es fácil. Menos si son adultos. ¿Cómo les decís -firme pero amablemente- que se pongan las pilas? Es necesario enviar mensajes que los motiven a participar, a compartir los avances de sus producciones, o las dudas que generaron las lecturas.
- Ofrecer devoluciones a sus intervenciones. Todos vamos en busca de la mirada de aprobación. Pocas cosas nos hacen sentir peor que ser ignorados. Por eso, es fundamental comentar cada intervención que hagan los alumnos, agradeciendo la participación, valorando el esfuerzo, y retomar –aunque sea grupalmente- lo que aportaron varios alumnos, sumando algún comentario que agregue valor.
- Invitar a que hagan consultas, especialmente durante las evaluaciones (sincrónicas y asincrónicas). No sólo ofrecer el espacio de consulta –y responder cada una, claro- sino promover explícitamente que los alumnos realicen consultas y comentarios. Alentar activamente a que lo hagan quizás habilite al más tímido a participar. Es una manera de que se sientan acompañados, menos en soledad, resolviendo el examen.
(¿Querés más info acerca de cómo acompañar en la virtualidad? Mirate este post.)
¿Todo esto lleva más tiempo que enviar mensajes tipo telegrama (“Lean esto. Respondan en el foro.”)?
Seguro.
Pero no tanto como pensás.
Pequeños cambios, como éstos, pueden generar grandes resultados.
Un telegrama no da ganas de conversar.
El sabor del encuentro
Los ambientes agradables invitan a aprender. Son tan importantes como el menú.
Cuando hablamos de ambiente no sólo nos referimos a las condiciones físicas sino especialmente a las sociales. A las que apelan a las emociones.
Seamos grandes anfitriones.
Referencias
- Bueno i Torrens, David (2018) Neurociencia para educadores. Barcelona. Edición Octaedro - Rosa Sensat.
- Carlino, Paula. (2005). Escribir, leer y aprender en la universidad. Una introducción a la alfabetización académica. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
- Imbernón, Francisco (2007) A pesar de los trucos, siempre serás un aprendiz de formador. En: Casamayor, Gregorio (coord.) Los ‘trucos' del formador. Arte, oficio y experiencia. Editorial Graó. Barcelona.
- Mora, Francisco (2013) Neuroeducación. Sólo se puede aprender aquello que se ama. Madrid. Alianza Editorial
Y vos, ¿cómo vas a diseñar tu próxima experiencia?
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