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Viviana Solberg
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Deconstruir para reconstruir

La virtualidad al rescate de la cursada

Viviana Solberg 26 ago 2020
La pandemia nos obligó a virtualizar nuestras cursadas de la noche a la mañana. ¿Qué hay de (realmente) nuevo en estas nuevas formas de enseñar? Una reflexión sobre la idea de clase en la universidad. 

Nativos presenciales

Probablemente la mayoría de nosotros –con la excepción de algún jovenzuelo que me esté leyendo- entendamos la enseñanza como algo que ocurre entre docente y alumnos en un ámbito físico.

Si nos convocaran para idear el desarrollo de una asignatura de grado, seguramente la imaginaríamos enteramente presencial. Es lo que nos resulta natural: así nos formamos nosotros, y así es la educación que venimos viendo en la mayoría de los ámbitos formativos.
 
Quizás en los últimos años a algunos de nosotros se nos ocurrió –un poco empujados por los tiempos que corren (¿adónde van?)- usar la tecnología que tenemos a mano (como los campus virtuales) para complementar una cursada presencial con algunas instancias virtuales. Y lo hicimos movidos por la idea de que pueden ofrecernos algunas ventajas que la presencialidad no tiene: por ejemplo, que evita que tengamos que desplazarnos. 

Pero rara vez quienes hoy somos docentes y formamos parte de esta amplia generación pensaríamos –desde el vamos- una asignatura de grado enteramente virtual.

Quizás nos parece más potable idear con esa modalidad algún curso de posgrado, o alguna actividad complementaria... (Algo que no sea realmente indispensable, la verdad.)

¿Pero una asignatura? ¿Cómo sería? ¿Cómo organizaríamos los teóricos y prácticos? ¿Y cómo tomaríamos los exámenes? ¿Cómo evitaríamos la copia? 

En definitiva, ¿cómo sostendríamos las tradiciones que nos sostienen, si nuestra tarea docente fuera virtual? 

Ahora, igual pero distinto…

Si ya nos resultaba difícil pensar desde el vamos una asignatura en modalidad virtual, más complejo aún resulta pensar en convertir en virtual una cursada que venimos desarrollando de manera presencial.

¿Cómo hacemos esta actividad de apertura a través de la pantalla? ¿Cómo “pasamos por los grupos” para supervisar los avances? ¿Cómo organizamos los trabajos por proyectos?

Convertir algo presencial en virtual es como cambiar un hábito, algo a lo que estamos acostumbrados y hacemos hace mucho tiempo de la misma manera. 

A partir de ahora, voy a desayunar lo que almuerzo, y voy a almorzar lo que desayuno: bife con fritas a la mañana, y café con leche con tostadas al mediodía.

¿Cómo lo ves?

… y encima, de urgencia

“La vida es lo que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes”

(John Lennon)

En el contexto que estamos viviendo, esa pesadilla se hizo realidad de la noche a la mañana.

No nos dio tiempo para prepararnos.

La “enseñanza remota de emergencia”, como se denominó a esta situación, se asemeja muy poco a lo que sería una cursada virtual intencionalmente diseñada como tal. 

Cuando diseñamos una cursada virtual en una situación normal, buscamos crear un sistema robusto que les permita a los alumnos desarrollar aprendizajes complejos de manera acompañada, aún a la distancia. 

En cambio, en circunstancias como las que estamos viviendo, lo que necesitamos es salir del paso, es decir, proporcionar acceso temporal a la educación y a los apoyos institucionales de una manera rápida y fácil durante la emergencia, para contribuir a la continuidad de la educación universitaria.  

Pero no por eso podemos descuidar la formación profesional que estamos brindando

Tenemos que elaborar una versión de nuestra materia que cumpla los siguientes requisitos:

  • Sea factible sin que nadie enloquezca por demás: ni docentes, ni alumnos. Es decir, que sea viable de llevar a la práctica en poco tiempo, considerando los recursos disponibles, el equipo de personas con las que contamos (con su disponibilidad y habilidades), etc. 
  • Sea lo más equivalente posible a la cursada habitual, en el sentido de los aprendizajes que promueve en el marco de la formación profesional. No podemos olvidar que la institución a la que pertenecemos tiene una responsabilidad social por los títulos que otorga. 

“Las medidas destinadas a mantener los procesos de formación en las distintas unidades académicas no pueden perder de vista que lo que se ofrezca, y se adquiera, debe mantener correspondencia/equivalencia con lo que debió haber sucedido de no mediar esta situación.” 

(Feldman, 2020: 4) 

Probablemente debamos amigarnos con la idea de adaptar a modalidad virtual todo aquello que se pueda, y lo que no (por ejemplo, lo que requiere manipulación de elementos o presencia en distintos contextos), sea reprogramado para cuando regresemos a las instituciones. Una reprogramación que requerirá de la colaboración de toda la comunidad universitaria y altas dosis de flexibilidad.

Dimensionar la conversión requerida

En este contexto, que nos agarró por sorpresa y que además es provisorio (¡esperemos!), pensar en convertir una cursada presencial en virtual de la noche a la mañana nos vuela la cabeza… en el mal sentido.
 
Quizás nos asuste pensar en que tenemos que ser genios de la tecnología, dominar las últimas tendencias y plataformas, contar con recursos de última generación… 

Desearíamos que esa conversión se resolviera como por arte de magia...
 
Lamentablemente, no tenemos los anillos fantásticos de los gemelos (que los convertían en cualquier cosa que ellos exclamaran, como el clásico “en forma de cubeta de hielo”).

Pero sí nos tenemos a nosotros. No seremos gemelos, pero somos comunidad.

En este post…

  • Te propongo explorar cuáles son las modalidades que puede asumir el trabajo virtual, con sus ventajas y desventajas.
  • Eso nos va a llevar a repensar cómo concebimos las clases en la universidad, y a analizar en qué medida la versión virtual de nuestra enseñanza se distancia de la versión presencial.
  • Por último, quiero reflexionar acerca de qué podemos aprender de esta realidad, que resulte útil para desafiar nuestra práctica habitual (para cuando podamos volver al aula de siempre).

Pero antes, te invito a que miremos de cerca cuáles son las acciones docentes que debemos convertir a modalidad virtual… ¿Serán las que suponés?

¡Manos a la obra!

¿Qué es lo que hay que convertir?

Para preguntarnos cómo convertir lo presencial en virtual, primero tenemos que preguntarnos qué tenemos que convertir.

Me explico mejor.

¿Qué hacemos los docentes en clase?

Esta pregunta fue formulada por varios investigadores en distintos países, y respondida por miles de personas en distintas partes del mundo (Santiago y Bergmann, 2018).

El 65% de las respuestas señalan que los docentes dedican el tiempo en el aula a “explicar contenido nuevo”, seguido de un 26% que entiende que se ocupan de promover una “práctica con el contenido visto” (y luego unos pocos hacen referencia a “atender necesidades personales” y al “trabajo cognitivo de orden superior”).

En definitiva, lo que más hacemos los docentes es exponer, seguido de algún tipo de actividad en la que los estudiantes tienen que poner en juego lo aprendido
Entonces, básicamente, en este contexto lo que tenemos que pensar es cómo vamos a exponer y a proponer actividades de manera virtual.

(También hay que repensar la dimensión de la evaluación de los aprendizajes, pero eso quedará para otro post.)

Modalidades de trabajo virtual

El trabajo virtual se organiza en 2 grandes grupos, en función del tipo de comunicación que involucra: sincrónico y asincrónico.

Modalidad sincrónica

En la comunicación sincrónica hay una interacción en tiempo real entre docentes y alumnos. Supone que todos coincidimos en el mismo momento, y la comunicación es instantánea.

Una conversación cara a cara, o vía telefónica, una videollamada, un chat, son ejemplos de comunicación sincrónica, caracterizada por la simultaneidad.
 
Una gran ventaja de esta modalidad es que cualquier problema o duda que tengan los alumnos puede ser planteada y resuelta en el momento, lo cual le otorga dinamismo al proceso de aprendizaje.

Por otro lado, la posibilidad de verse y escucharse agrega un componente afectivo que fomenta la participación personal. Saber que el otro está ahí, del otro lado, suma. Genera compromiso y fortalece la construcción de la comunidad de aprendizaje.

Como contrapartida, tiene como desventaja que depende de la disponibilidad inmediata de todos los participantes, tanto de tiempo como de recursos (en el caso de la virtualidad, conexión estable a internet y dispositivos necesarios, como computadora, y auriculares). El encuentro ocurre en un determinado horario –igual para todos-. O estás ahí, o te lo perdés.

Modalidad asincrónica

En cambio, la comunicación asincrónica se refiere al proceso de intercambio de información en el que las personas no coinciden en el tiempo.

Una carta, un email, un documento de texto, un video, un mensaje escrito en un foro, son todos ejemplos de este tipo de comunicación, que funciona en diferido.  
 
Una ventaja de utilizar esta modalidad es que cada alumno puede acceder a los materiales cuando tenga disponibilidad y en el momento que considere más oportuno, lo cual otorga gran flexibilidad. Incluso muchos materiales (como textos o videos) pueden descargarse para acceder a ellos de manera offline.

Además cada alumno puede manejarse a su propio ritmo: no tiene que seguir al docente ni adaptarse a la velocidad de sus compañeros. Puede leer un texto o ver un video volviendo para atrás todas las veces que haga falta, frenando para tomar nota o para consultar con otros materiales. Puede realizar actividades tomándose el tiempo que necesite. 

En ese sentido, la modalidad asincrónica favorece la reflexión y el procesamiento de información.

Para el docente esta modalidad también implica flexibilidad. En lugar de tener que conectarse para dar la clase en un horario determinado, puede preparar la exposición y las actividades cuando tenga disponibilidad de hacerlo, sin tener que coincidir para ello con los alumnos.

Como es evidente, la desventaja de esta modalidad es que no hay un contacto en tiempo real entre docente y alumnos para resolver dudas o hacer comentarios.

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Te imaginarás que no hay una modalidad mejor que la otra, sino que ambas se complementan.

Lo ideal sería aprovechar las ventajas de cada una.

Ahora bien, ¿son tan desconocidas para nosotros?

En realidad, estas modalidades que estructuran la enseñanza virtual ya existen en las cursadas presenciales.

Cuando exponemos, cuando les hacemos una pregunta a los alumnos y esperamos que la respondan en el momento, estamos comunicándonos de manera sincrónica.

En cambio, cuando les indicamos una lectura para realizar fuera de la clase, o les pedimos que resuelvan una actividad como trabajo independiente, estamos comunicándonos de manera asincrónica.

Entonces, si ya estamos acostumbrados a manejarnos de manera sincrónica y asincrónica en la enseñanza, ¿qué es lo que nos asusta cuando pensamos en convertir nuestra cursada presencial en virtual?

¿Se trata únicamente de un temor ligado al uso de la tecnología?

Creo que no.

Es que si bien estamos acostumbrados a enseñar tanto en tiempo real como en diferido, una cursada virtual exige (o al menos, invita a) repensar esa distinción, utilizando una modalidad para acciones que antes hacíamos con la otra.

Y esto implica, probablemente, descomponer la categorización habitual entre “clase” y “trabajo independiente”, y armar una nueva propuesta semanal con los mismos componentes pero combinados de otra manera.

Como cuando jugamos con bloques para armar: con los mismos elementos podemos generar muchas formas distintas.

Deconstruir la idea de clase en la universidad

Van dos peces jóvenes nadando juntos y sucede que se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario. 
El pez viejo los saluda con la cabeza y dice: “Buenos días, chicos, ¿cómo está el agua?”. 
Los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno mira al otro y dice: “¿Qué demonios es el agua?”

Wallace (2005)

Coincidirás conmigo en que la clase es una de esas cosas que siempre estuvo ahí

Es uno de los términos que más mencionamos y que más estructuran nuestra práctica docente.

Al programar una asignatura, lo primero que pensamos es qué cantidad de clases tenemos que preparar. Es como la unidad de medida de la cursada.  

Y al diseñar la enseñanza, planificamos distintos momentos al interior de cada clase. Y también definimos lo que harán los alumnos fuera de la clase, como trabajo independiente: leer la bibliografía, resolver actividades (individuales o grupales), prepararse para los exámenes... 

Casi que no sabríamos cómo enseñar si no tuviéramos la estructura de la clase.

En la bibliografía especializada hay muchísimas referencias a la clase como entidad. Más allá de cómo la conceptualicemos, siempre entendemos que se trata de unas acciones que compartimos docente y alumnos con el fin de promover los aprendizajes de estos últimos, que ocurren en un determinado tiempo (el ciclo lectivo) y espacio (el aula).

En la clase se concreta la enseñanza. 

¿Qué pasa en la virtualidad?

A primera vista parece que lo que se altera es la dimensión espacial: docentes y alumnos no estamos en el mismo lugar. Nos conectamos a la distancia para interactuar, para enseñar y aprender. De hecho, es una de sus grandes ventajas: la no necesidad de desplazarnos.

Pero de alguna manera también se altera la dimensión temporal de la enseñanza...

Cuando “desanclamos” la dimensión espacial, también estamos “desprendiendo” el tiempo – o al menos tenemos esa posibilidad.

¿Qué quiero decir con esto?

En la presencialidad, el tiempo y el espacio están mutuamente limitados. 

Si estamos en clase, estamos en el aula. 

Si estamos en el aula, quiere decir que es tiempo de clase.

Cada uno conoce su rol en ese cruce de tiempo y espacio, gracias al contrato didáctico. Los docentes tenemos que dar clase, estar disponibles para consultas, etc. Los alumnos saben que deben escucharnos mientras exponemos, realizar las actividades que indiquemos, participar cuando se lo solicitamos… Más allá de algunas excepciones, esta dinámica suele funcionar sobre ruedas.

Cuando la clase termina, la cosa cambia. Seguimos siendo alumnos y docentes, pero no tenemos la obligación de estar disponibles. No podemos exigirles a los alumnos que se queden después de hora a terminar una actividad (tienen derecho a no poder), ni ellos pueden pedirnos que nos quedemos a explicarles nuevamente un tema que no entendieron: eso tenían que haberlo pedido dentro de la clase.

Una vez fuera de la clase, el tiempo es de cada uno. Los docentes nos ocupamos de preparar las clases siguientes, y de revisar trabajos o corregir exámenes. Los alumnos leen la bibliografía, resuelven actividades, estudian para los exámenes.  

En la virtualidad las reglas son otras. 
El espacio desaparece, pero el tiempo se vuelve infinito.

Parece que el tiempo virtual es todo el tiempo.

Ya no tenemos el momento de clase para estructurarnos

Y cuando perdemos esa organización, corremos el riesgo de que los procesos de enseñanza y aprendizaje ocupen cada minuto del día o la semana… o ninguno.

"Un contexto como el actual nos obliga a modificar la forma en que pensamos la temporalidad. (…) En este contexto, proponer algún tipo de “orden” será tranquilizador: es importante secuenciar las actividades, dosificarlas, proponer repartirlas a lo largo de los días de la semana; prever días y horarios de descanso (esto vale tanto para alumnos como para profesores); y, fundamentalmente, indagar sobre la marcha del trabajo."

(Mazza, 2020: 4-5)

Lo que necesitamos es reaprender a gestionar la clase, a entenderla de manera flexible, a permitir que tome distintas formas en función de cómo acomodemos las piezas.

Reconstruir con los elementos que tenemos

"No se trata de sobrecargar a los estudiantes con videoconferencias, lecturas o actividades que reemplacen el encuentro presencial, sino de administrar y dosificar en el tiempo las tareas. Para ello, tenga en cuenta la cantidad de horas semanales que demandará al estudiante cumplir con las actividades asignadas. Defina también qué actividades conviene que se hagan en línea y cuáles se adaptan mejor al formato asincrónico."

(Asoletic, 2020: 4)

En una situación de urgencia, no se puede reinventar la rueda.

Seguramente en una primera instancia busquemos acercarnos a reproducir en la virtualidad lo que hacíamos de manera presencial.

Es lógico. Y también posible.

Como vimos recién, nuestras cursadas presenciales también tenían una parte sincrónica y una asincrónica: la sincrónica era lo que hacíamos en el aula, y la asincrónica era lo que asignábamos como trabajo independiente. 

En el aula había exposiciones y actividades (las 2 acciones que más realizamos, como vimos más arriba). Y fuera del aula también: de alguna manera la bibliografía también es una “exposición” de contenido, sólo que no somos nosotros quienes exponemos (o a veces sí, cuando preparamos un material de cátedra).

Lo que cambia en este contexto de virtualidad son las proporciones de ambas acciones y ambas modalidades, y su distribución en el tiempo.

Ya no podemos organizar las tareas en función de si ocurren dentro o fuera de la clase.

Tenemos que pensar en bloques de enseñanza de distinto tipo, y combinarlos y secuenciarlos de manera tal que permitan organizar la tarea de todos, y a la vez promover los aprendizajes buscados.

(Con esto no quiero decir que la enseñanza virtual deba reducirse a reproducir las propuestas presenciales. En cambio, creo que tiene características propias que abren un montón de nuevas potencialidades. Pero, de mínima, me parece bastante posible reproducir en ellas gran parte de las características de una cursada presencial.)

Bloquecitos para armar una cursada virtual

Veamos cuáles pueden ser esos bloques con los que reconstruyamos nuestra enseñanza.

Simplificando la cuestión, tenemos el cruce entre las dos acciones de enseñanza (exposición y actividades) y las dos modalidades de trabajo virtual (sincrónico y asincrónico).

Como dije más arriba, este esquema no incluye las actividades que no pueden realizarse de manera virtual porque requieren manipulación de elementos o interacción cara a cara.

Exposición sincrónica

Si lo que buscamos es reproducir en la mayor medida posible las condiciones de la presencialidad, la exposición en línea es la mejor opción.

Utilizar una videollamada es la manera más natural o parecida a nuestras clases presenciales de toda la vida. Todos participamos de la clase en el mismo momento (a la misma hora, por el mismo canal). Nos vemos las caras en tiempo real, sólo que esta vez lo hacemos con una pantalla de por medio.

Incluso muchas plataformas de videollamada ofrecen la posibilidad de compartir una pizarra digital o una presentación de Power Point (u otros recursos), permitiendo que la apoyatura visual que suele acompañar las exposiciones esté presente también en esta modalidad.

El problema es que en el contexto en el que estamos, muchas veces el tiempo y los recursos disponibles para la conexión escasean. Y dado que las exposiciones pueden ser extensas, asignar esos recursos a la tarea de la escucha parece un desperdicio.

¿Tiene sentido que nos conectemos todos a la misma hora, y utilicemos el tiempo de encuentro para ver y escuchar al docente hablar?

Sería como juntarnos a leer, cada uno en su libro. 

La lectura y la escucha son actividades individuales. 

Si para el alumno la demanda cognitiva de una clase se limita a la escucha, bien puede programarse para el tiempo de trabajo independiente.

Exposición asincrónica 

Aparece entonces, como alternativa, la idea de grabar nuestra exposición, y convertirla en una clase asincrónica, que los alumnos pueden ver en el momento que encuentren más oportuno, cuando tengan disponibilidad de tiempo y recursos. 

La gran ventaja de esta opción es la flexibilidad

Para los docentes supone la posibilidad de grabar la clase en el momento que nos venga mejor. Pero además nos permite mejorar la calidad de la exposición en sí: si alguna explicación nos salió confusa, podemos volver a grabarla, si alguna parte finalmente no nos cierra podemos cortarla. Incluso podemos parcelarla en capítulos más cortos, y grabarlos por separado para darle soltura a la secuencia que propongamos. 

Y una vez que estamos conformes con el resultado, podemos volver a utilizar la misma grabación con otros grupos, o en próximos cuatrimestres.

Porque, en definitiva, exponer los mismos contenidos una y otra vez (de manera presencial o virtual) ante distintos grupos de alumnos, ¿no es como el día de la marmota?
 
Y los alumnos pueden ver la grabación cuando quieran, cuantas veces quieran. La pueden frenar cuando lo necesiten, e incluso pueden volver atrás (lo que antes implicaba “rebobinar” la cinta) para escuchar otra vez alguna parte que haya resultado difícil de comprender.

Tanto para alumnos como para docentes, una exposición grabada supone un mejor aprovechamiento del tiempo.

Esta modalidad es especialmente pertinente para exponer aquellos contenidos más bien descriptivos que intuimos que no revestirán complejidad de comprensión. Podemos planificarlos como cápsulas de exposición grabada que los alumnos miren por su cuenta, y luego comentemos en plenario sincrónico.

¿Cuál sería la desventaja? Que no permite la interacción en tiempo real:

  • Los alumnos no pueden hacer preguntas.
  • Los docentes no podemos intercalar preguntas o actividades.

Veamos…

Preguntas de los alumnos

Que los alumnos no puedan hacer preguntas durante una exposición no me parece un mal mayor.

¡Chan!

Quiero decir: ocurrirá lo mismo que cuando leen un texto o resuelven un ejercicio como tarea para el hogar: si les aparecen dudas o comentarios, podrán anotarlos y traerlos para compartir en la próxima clase. 

Por favor, que no se entienda de esto que lo que propongo es restar importancia a las preguntas de los alumnos. ¡Todo lo contrario!

Pero me parece que vale la pena preguntarse…

  • ¿Cuán frecuentes son esas preguntas en tus clases sincrónicas (presenciales o virtuales)? ¿Suelen interrumpirte los alumnos cuando exponés un determinado contenido para plantearte algo que no entienden? Muchas veces los alumnos no entienden algo y sin embargo no lo preguntan.
  • ¿Y qué solés hacer cuando preguntan? Como vimos en este post, los docentes solemos repetir la explicación que acabamos de dar. Incluso a veces les decimos que esperen un rato más, que con lo que sigue lo van a entender.
  • ¿Cuántas de esas veces en realidad lo que pasó es que no llegaron a tomar nota, y necesitan que repitamos? O por tomar nota de lo anterior, no llegaron a oír lo que seguía…

Si esto va a ser así… ¿no es mejor que grabemos nuestra exposición para que la miren a su ritmo? 

Si los alumnos miran la exposición por su cuenta, podemos destinar el tiempo de encuentro (sincrónico) a comentar, despejar dudas, promover actividades. 

Quizás lo que nos preocupe, en relación con esto, es que nosotros mismos no podemos indagar la comprensión sobre la marcha. Al grabar una clase, podemos sentir que nos falta feedback: ver cómo van reaccionando los alumnos ante lo que decimos (si parece que les interesa o se aburren, si toman nota o miran para otro lado). 

"No ver qué es lo que hacen nuestros estudiantes con lo que decimos, no advertir expresiones, posturas, tonos de voz, puede hacernos sentir que perdemos el control sobre lo que sucede." 

(Mazza, 2020: 5)

Pero, una vez más, tampoco tenemos el feedback instantáneo de lo que les pasa mientras leen los textos de la bibliografía, ni mientras resuelven ejercicios por su cuenta.

Lo que quiero decir con todo esto es:

¿Vale la pena que expongamos de manera sincrónica solamente por si algún alumno plantea una pregunta, o para ver cómo van reaccionando ante lo que decimos?

Dado que los recursos sincrónicos son limitados, ¿no es preferible que vean la exposición grabada, y después aprovechemos todo el encuentro para aclarar lo que haga falta?

Si esto no nos convence... ¡Empecemos a promover las preguntas de los alumnos!

Preguntas y actividades que plantea el docente

Ahora bien, cuando planeamos intercalar preguntas o actividades que permitan ir construyendo lo que sigue a partir de las respuestas de los alumnos, grabar la exposición no resulta una buena opción

Y acá no me refiero a los clásicos “¿se entiende?”, “¿vamos bien?”, “¿alguna duda?”, “¿seguimos?”, sino más bien a cuando: 

  • Nos proponemos retomar sus saberes previos, experiencias, o los ejemplos que ellos aporten. 
  • Planteamos alguna pregunta disruptiva que sabemos que va a generar intercambio de ideas. 
  • Construimos las ideas a las que queremos llegar a partir de las definiciones que ellos dan.
  • Trabajamos contenidos complejos que requieren de una explicación que permita ir negociando significados, indagar niveles de comprensión en tiempo real, aclarar sobre la marcha lo que no se comprende bien, promover el planteo de inquietudes, proponer actividades para poner en juego los propios saberes…

En todos estos casos, el avance de la exposición depende de la interacción

Cuando la clase se parece más a una conversación que a un monólogo, la grabación previa no es una buena alternativa.

En esos casos sí vale la pena dar una clase sincrónica promoviendo los intercambios, tal como haríamos en la presencialidad.

Actividades sincrónicas

Realizar una actividad (tomando esta palabra en sentido amplio, como aquello que requiere actividad de parte de los alumnos) de manera sincrónica tiene sentido especialmente cuando necesitamos que esté presente todo el grupo de alumnos.

Por ejemplo, cuando organizamos un debate, o una lluvia de ideas. Son actividades que requieren de la interacción en tiempo real porque suponen una conversación, un ida y vuelta en el que lo que dice un alumno responde a lo que planteó otro, y así se va construyendo… Se basan en la inmediatez: realizarlas de manera asincrónica les cambiaría el sentido, y el objetivo buscado sería otro. 

Esta modalidad también es pertinente cuando queremos retomar lo que los alumnos hicieron de manera independiente: promover que los alumnos planteen consultas con respecto a la bibliografía leída o a la visualización de las clases grabadas.

También conviene realizar de manera sincrónica algunas actividades individuales, si es que vamos a retomar en plenario la producción de cada alumno. Por ejemplo, si les pedimos que cada uno anote qué entiende por determinado concepto, o responda una determinada consigna acerca de un texto, etc. para luego compartir con todos.

Actividades asincrónicas

Cuando proponemos actividades a resolver en pequeños grupos por lo general no tiene sentido que todo el grupo esté conectado a la vez, en tiempo real. Basta con que cada grupo se organice para resolver por su cuenta la actividad solicitada, ya sea de manera sincrónica o asincrónica.

Esto es lo mismo que ocurría cuando, en nuestras clases presenciales, asignábamos una tarea a realizar en grupos fuera del momento de la clase. 

Lo que ahora estaríamos agregando es que las actividades que habíamos pensado para que se realicen dentro del marco de la clase, se realice por fuera de ella.

¿Cómo decidíamos –en la presencialidad- cuáles realizar durante la clase? Quizás aquellas que pudieran resultar complejas como para ser realizadas de manera independiente.

En la versión virtual, esto se soluciona habilitando un medio de consultas en algunos momentos específicos dentro del período asignado para resolver la actividad.

Además, podemos promover el uso de distintas herramientas virtuales (algunas de las cuales están incluidas en los campus virtuales) que favorecen el trabajo colaborativo en línea. Serán nuevos aprendizajes a realizar junto con los alumnos. 

Por otro lado, también algunas actividades individuales pueden realizarse de manera asincrónica, en particular aquellas que demandan mucho tiempo. 

Combinando bloquecitos

Como vimos, del cruce de las dos acciones de enseñanza y las dos modalidades de trabajo virtual, obtenemos cuatro tipos de “bloque” con los que podemos estructurar las cursadas virtuales eligiendo cada uno en función de sus potencialidades.

La idea es usar en cada caso la modalidad que mejor se adecue a los objetivos buscados

Dada la escasez de recursos, sería deseable utilizar las modalidades sincrónicas para aquello que exige interactuar, y dejar todo el resto para los momentos asincrónicos.

¿Cómo combinar estos bloques? ¿Cómo secuenciarlos?

En breve tendremos otro post para profundizar sobre proporciones, combinaciones, secuencias y las concepciones que hay de fondo en cada elección que hagamos.

¿Y cómo acompañar a los alumnos para que no naufraguen en la virtualidad? Algunas recomendaciones, acá.

Qué podemos aprender para pensar la presencialidad

"Esta pandemia nos exige que cambiemos algunos aspectos de la forma en la que somos docentes. Esto sin duda es un esfuerzo, pero también puede ser una oportunidad para crear. En la búsqueda de nuevas formas de enseñar podemos descubrir cosas. La educación a distancia puede ser una oportunidad para analizar lo que hacíamos y renovar el sentido de lo que haremos a partir de ahora." 

(Mazza, 2020: 9)

Cuando todo esto pase y podamos volver a las aulas de siempre, sería bueno que volvamos algo cambiados.

Elijamos que las situaciones de crisis no nos pasen por arriba, sino que nos sirvan para aprender.

 
Que no nos trague la tecnología. Usémosla a nuestro favor.

Como señala Asoletic con respecto a los retos que plantea el contexto actual,

Responder a estos desafíos implica no solo elegir una plataforma sino tomar decisiones sobre la enseñanza, y ello implica reflexionar sobre las habilidades, saberes y disposiciones que queremos que construyan nuestros estudiantes. 
Este contexto abre oportunidades para repensar las estrategias de enseñanza clásicas, centradas en la transmisión unidireccional de conocimiento (la llamada secuencia lineal y progresiva).

(Asoletic, 2020: 7) 

Como venimos diciendo, la propuesta es aprovechar los encuentros sincrónicos para lo que sí o sí tiene que ser sincrónico: los intercambios.

Aprovechemos la conexión, en todo sentido.

Esto nos abre interrogantes que pueden extenderse a las clases presenciales.

Básicamente, ¿cuál debería ser la finalidad del tiempo de clase? 

¿Cómo podemos aprovecharlo mejor?

¿Qué ocurriría si utilizáramos las exposiciones que grabamos también cuando volvamos a las cursadas presenciales? 

En definitiva, nos estamos preguntando cuál es el valor, el sentido, de una clase en la universidad.  

Así como decimos que en la virtualidad los recursos para conectarnos escasean, ¿no podemos plantear algo parecido en la enseñanza presencial? 

Ya que estamos todos ahí, que nos movilizamos, que reservamos ese tiempo dejando de hacer otras cosas… ¿tiene sentido que lo usemos para cuestiones que se pueden resolver a la distancia? 

Al final… la conclusión es la misma, para la enseñanza virtual y presencial.

Aprovechemos los encuentros para encontrarnos.

Referencias

  • Asoletic, Á. (2020). Recomendaciones para el diseño de la enseñanza en la virtualidad. Citep. Centro de Innovación en Tecnología y Pedagogía. [Sitio web] http://citep.rec.uba.ar/covid-19-ens-sin-pres/
  • Durantini, C. (2020). ¿Hacemos grupo? Citep. Centro de Innovación en Tecnología y Pedagogía. [Sitio web] http://citep.rec.uba.ar/covid-19-ens-sin-pres/
  • Feldman, D. (2020). Enseñanza sin presencialidad. Algunas notas para una situación no esperada. Citep. Centro de Innovación en Tecnología y Pedagogía. [Sitio web] http://citep.rec.uba.ar/covid-19-ens-sin-pres/
  • Hodges, Charles B., Moore, Stephanie, Lockee, Barbara B., Trust, Torrey, and Bond, M. Aaron (2020) https://redemc.net/campus/el-aprendizaje-en-linea-no-es-lo-mismo-que-ensenanza-remota-de-emergencia/
  • Mazza, D. (2020). Lo que la pandemia nos deja: una oportunidad para pensarnos como docentes. Citep. Centro de Innovación en Tecnología y Pedagogía. [Sitio web] http://citep.rec.uba.ar/covid-19-ens-sin-pres/
  • Santiago, Raúl y Bergmann, Jon (2018) Aprender al revés. Flipped learning 3.0 y metodologías activas en el aula. Barcelona. Paidós.
  • Wallace, David Foster (2005) This is water. Little, Brown and Company, Estados Unidos

Y vos, ¿cómo resolvés la virtualidad de urgencia? ¿Habías considerado estas alternativas?
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