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Viviana Solberg
¡Vamos al blog!

¿Qué harías si las condiciones de enseñanza fueran ideales?

Un post para mirarnos bien adentro

Viviana Solberg 23 nov 2020
Muchas veces las circunstancias externas nos sirven de escudo para evitar modificar nuestras prácticas docentes.
Cuánto están influyendo nuestros propios hábitos y percepciones, y cómo nos puede ayudar el Principio de Pareto a salir de la zona de confort.

Imaginate por un momento que estamos en un universo paralelo y las condiciones de enseñanza en la institución donde trabajás son ideales.

¿Cómo serían?

Supongo que estarás imaginando algo de esto:

  • Un aula luminosa y amplia, llena de recursos tecnológicos que funcionan.
  • Una remuneración que cubre de sobra el tiempo y esfuerzo que le dedicás a la docencia.
  • Tiempo de cursada a demanda: todo el que necesites para llegar a dar todo, incluso la última unidad.
  • Pocos alumnos por curso, bien preparados, motivados, que han leído el tema del día, y que exclaman a coro: profe, queremos aprender más.
  • Unos compañeros de equipo que se apoyan mutuamente en la idea de ir modificando la propuesta formativa todos los cuatrimestres.
  • Una institución que acompaña esos cambios, con trámites ágiles del estilo lo pedís – lo tenés.
  • Un equipo de pedagogos que escuchan con empatía tus inquietudes y sugieren pequeños cambios posibles de ser implementados.

Sería genial, ¿no?

Te imagino suspirando, con la mirada perdida… como quien sueña con un mundo encantado.

Y ahora toca que te haga la siguiente pregunta:

Si las condiciones reales fueran así, igualitas a ésas que describí (podés sumarle alguna otra que se me haya pasado), ¿cómo sería tu enseñanza?

¿Cambiaría en algo?

Quiero decir…

¿Cómo enseñarías si tuvieras tiempo infinito, salario digno, alumnos preparados, colegas, pedagogos, institución y artefactos que acompañan?

En este post…

  • Voy a sostener que muchos de nosotros usamos las condiciones reales en las que se desarrolla nuestra enseñanza como justificativo para seguir enseñando con métodos tradicionales (que son poco efectivos). 
  • Te voy a proponer que analicemos un poco más de cerca cuáles pueden ser los motivos reales que se esconden debajo del “otra cosa no puedo hacer”.
  • Te comparto algunas ideas acerca de qué podemos hacer para ver las cosas de otra manera, y mejorar nuestra enseñanza aún en condiciones que no son ideales.

¿Te animás a sacarte el escudo conmigo?

¿Son las condiciones objetivas las que nos impiden enseñar como queremos?

Con una mano en el corazón… si las condiciones fueran ideales, ¿comenzarías, sin dudarlo, a utilizar metodologías participativas, proyectos grupales de investigación en el aula, evaluación por portfolio, devolución a través de rúbricas, tutorías personalizadas, articulación permanente con docentes de otras materias…?

En definitiva, ¿reemplazarías loe métodos tradicionales por otros que se acerquen más a tu manera ideal de enseñar?

¿Me lo firmás? 

Disculpá que venga con estas formalidades.

No es que no te crea…

Pero me parece que, más allá de las condiciones externas, hay otros motivos por los que enseñamos como enseñamos.

(Aclaro: 
Puede que lo que te voy a decir no te caiga bien.
Es entendible.
Pero por favor leeme bien. Va con buena intención.
Todo lo que digo, lo digo como docente.
Soy como vos.)

Sincerando (nuestras propias) limitaciones

Muchos de nosotros solemos decir que nos encantaría hacer un montón de cosas de manera distinta en nuestra tarea docente, pero las condiciones en las que trabajamos no nos dan esa posibilidad.

Y es verdad que muchos de esos factores complican la implementación de ciertas formas de enseñanza que muchos que nosotros soñamos…

Pero yo creo que son otras las cuestiones que nos impiden modificar nuestra enseñanza hacia lo que buscamos.

¿Respiramos hondo y agarramos el espejo?

Nos instalamos en la queja 

Para empezar, creo que muchas veces estamos cómodos en la situación de queja.

No quiero decir con esto que haya que saltar de alegría cuando pensamos en lo que cobramos, o en los recursos que tenemos disponibles, o en la deficiente preparación con la que muchas veces llegan nuestros alumnos.

Para nada.

Pero creo que ya casi forma parte de la identidad docente el hecho de quejarse por lo que no hay. (Ojo, también les pasa a otras profesiones. No podemos reclamar exclusividad.)

La queja es nuestra zona de confort.

Como en muchos ámbitos de la vida, ponemos el problema afuera.

Seguramente en muchos contextos “no hay” un montón de cosas (y habría que luchar por ellas, claro está). Y está bueno aspirar siempre a más y no estancarse en conformismos.

Pero, ¿sirve quedarnos en la queja? 

¿Podemos salir de ese lugar?

¿Perderíamos nuestra identidad (que nos identifica con otros compañeros) si de repente aceptamos intentar hacer algo con lo que tenemos (lo cual no implica renunciar a aspirar a más)?

Nos instalamos en la idea de que mientras lo externo no cambie, no hay nada que nosotros podamos hacer para mejorar nuestra enseñanza.

Miramos para afuera y...

Percibimos restricciones descomunales

Por otro lado, creo que al mirar para afuera les asignamos a las condiciones reales dimensiones más grandes de las que tienen

Parecen una montaña imposible de subir, un enemigo imbatible.

Algo que requiere un esfuerzo descomunal, que se escapa a nuestras posibilidades.

La cursada es demasiado corta, los recursos demasiado escasos. 

La preparación previa de los alumnos es demasiado insuficiente, los colegas demasiado indiferentes, las autoridades demasiado exigentes. 

Los pedagogos demasiado alejados de la realidad.

Cuando todo es tan, pero tan, “así”, demasiado malo, parece que no queda otra que hacer la plancha, y seguir con lo que venimos haciendo

Nos mimetizamos con ese entorno percibido. 

¿Qué pasa si miramos para adentro? 

¿Qué vemos?

La impronta de la propia biografía escolar

Si volvemos la mirada hacia adentro, veríamos que enseñamos como nos enseñaron

A lo largo de nuestro paso por el sistema educativo, todos vivimos (como alumnos) estrategias unidireccionales (como la exposición) como la forma habitual de enseñanza.

Así es como concebimos la enseñanza formal: cuando alguien nos pregunta qué hace un docente en el aula, lo imaginamos “dando clase” = hablando = exponiendo.

Por eso, desde el momento en que nosotros comenzamos a desempeñarnos como docentes, asumimos que nuestra principal tarea es ésa.

Imaginarnos enseñar de otra manera supone un gran esfuerzo, como todo cambio. Y hacer un esfuerzo cuando las condiciones no lo favorecen parece imposible.

Y este cambio, como todo cambio, amenaza nuestra identidad.

Pero hay algo más. 

Enseñar de otra manera implicaría conocer otras estrategias y sus modos de implementación, sus ventajas y desventajas, su adecuación a distintos tipos contenido a enseñar… En definitiva, contar con una variedad de herramientas para elegir cuál aplicar en cada momento (como hace cada profesional en su área de trabajo).

Cuando eso falta, no tenemos opciones.

Así que, por default, enseñamos así (hasta tanto no haya condiciones que nos empujen a otra cosa).

¿Qué podemos hacer?

El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas.

(William George Ward)

No todo está perdido.

Respirá hondo de nuevo, que además de ajustar las velas toca frenar de prepo y volantear un toque…

Salgamos de la queja

Sí, ok, supongamos que todo es malísimo e inamovible.

Pero no es una catástrofe.

No tiene por qué. Sólo es una catástrofe si seguimos pensando dentro de la caja.

Desdramaticemos

Nada es tan grave. Ni siquiera lo que no podemos modificar.

Por ejemplo, el tiempo. Es verdad, no podemos ampliar el tiempo de cursada, pero podemos seleccionar menos contenidos para trabajar en ese tiempo. Ya vimos que una selección adecuada de contenidos invita a ser aprendida mucho más que una materia que propone enseñar “todo”. Menos es más

Lo mismo pasa con los conocimientos previos que lo alumnos no traen. No hace falta "volver a dar todo lo que no saben". Sí necesitamos ser capaces de identificar cuáles son los conceptos clave que están faltando y enfocarnos en trabajarlos de manera efectiva, promoviendo que sean los alumnos los que construyan el conocimiento y no exponiéndolos nosotros (básicamente, para que no vuelva a pasar lo mismo).

Salgamos de la queja. 

Pasemos a la acción.

Revisemos lo que percibimos

No importa tanto la realidad objetiva, como la forma en que la percibimos.

La percepción no es “neutra”. Las cosas no “son” de una manera o de otra. Cada uno de nosotros percibe la realidad de manera diferente, en función de sus propias referencias, sus costumbres, sus valores, etc.

Al mirar una montaña, podemos percibir un obstáculo o un desafío.
Pero la montaña es la misma.

Si percibimos las condiciones reales como deficientes... serán deficientes. Si las concebimos como posibilidad, serán posibilidad.

Si al mirar la montaña vemos que la única posibilidad de avanzar es escalándola, seguramente la veamos como un obstáculo difícil de superar… y quizás decidamos quedarnos en la base. En cambio, si inspeccionando un poco más, descubrimos que también es posible rodearla por abajo, o atravesarla por un túnel escondido, las posibilidades se amplían y la situación ya no parece tan problemática.

Ante una situación que parece limitante, lo limitante es nuestra falta de conocimiento de posibilidades, o nuestra incapacidad para crear alternativas.

Si pensamos que con 100 alumnos lo único que se puede hacer es una clase expositiva, es porque nosotros desconocemos otras estrategias... 

La limitación no está afuera sino adentro.

Y esto me lleva a…

Revisemos lo que hacemos

No importa tanto la realidad objetiva, como lo que hacemos con ella.

¿Sabés jugar al póker?
 
Yo más o menos. 

Lo que sé es que a todos nos reparten cartas, y tenemos que jugar con las cartas que nos tocaron.

Lo importante es que no necesariamente gana el que tiene mejores cartas sino el que sabe cómo jugar con las cartas que le tocaron.

Si la vida te da limones, hacé limonada.

No estoy diciendo que las condiciones sean geniales, sino que –en alguna medida- depende de nosotros lo que hagamos con ellas.

Dejemos de otorgarles mayor impacto del que tienen.

¿Cómo? 

Rompamos el determinismo de nuestra biografía 

Así como no tenemos por qué ser con nuestros hijos como fueron nuestros padres (o sí, lo elegirá cada uno), no tenemos por qué enseñar en el aula como nos enseñaron a nosotros.

Es parte de nuestra tarea ser capaces de cambiar de estrategia y utilizar la que mejor funciona.

Y, ¿adiviná qué?

Los métodos más tradicionales (las exposiciones, bah) no son los más eficaces para promover aprendizajes duraderos y relevantes, y tampoco son los más rentables en términos del uso del tiempo. Ya lo vimos acá.

Elijamos las herramientas que se adecuen al objetivo que perseguimos.

Utilizar la que venimos utilizando, porque sí, por tradición, porque no conocemos otra, no sirve como justificativo.

¡Conozcamos otras! (En este blog tenés varios aportes.)

Hagamos cambios chicos

Pasito a pasito, suave, suavecito

(Luis Fonsi, Despacito)

Cuando buscamos hacer cambios grandes, de raíz, las condiciones adversas son un obstáculo insalvable.

Pero la postura "o cambio todo o no cambio nada" no tiene sentido.

El dilema no debe ser a todo o nada. Blanco o negro. Boca o River. (No todo es binario.)

Si un cambio radical (¿o peronista?) está fuera de nuestro alcance, podemos enfocarnos en cambios más pequeños.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno.

¿Y funcionará?

Los cambios pequeños pueden tener un gran impacto, dice Pareto.

Hagamos un “parétesis” (cuac)…

El Principio de Pareto (o Principio 80/20)

Este principio es la papa. Mirá.

El Principio de Pareto establece que el 80% de los resultados se obtienen del 20% de las acciones realizadas (o los recursos o esfuerzos puestos en juego).

 
Te pongo un ejemplo típico del ámbito de los negocios: en una empresa, el 80% de las ganancias provienen del 20% de los clientes. O el 80% de productividad se crea en el 20% del tiempo utilizado.

Por lo tanto, lo que resulta importante es concentrarse en ese 20% (de clientes, de tiempo) que genera el 80% de los resultados buscados.

Pero lo mejor de todo es que (redoblantes, por favor) esto no aplica sólo a cuestiones económicas o empresariales, sino a muchos ámbitos de la vida. A todos ellos, en realidad. 

Por ejemplo, seguramente vos usás el 20% de tu ropa el 80% del tiempo. O quizás el 20% de tus amigos te generan el 80% de felicidad. O comés un 20% de tipos de comida el 80% del tiempo. O el 20% de las actividades recreativas te llenan en un 80%. (O, lo que es lo mismo a la inversa, el 80% de cosas que hacés te llenan muy poquito… sólo el 20%).

(Obvio que lo porcentajes son esquemáticos. El número exacto da igual, y además sería difícil de medir.)

Darnos cuenta de esto lleva tiempo

Aceptar que es así… mmmm…

No es fácil.

Pero cuando lo lográs es genial.

Por empezar, porque nos permite ser conscientes de qué acciones o recursos nos hacen mejor, de distinta manera. Y cuáles nos hacen peor.

Pero, además, nos permite hacer cambios para sentirnos mejor.

Por ejemplo, si el 80% del tiempo usás el 20% de la ropa que tenés… ¡podrías liberarte del 80% de ropa restante! Podés venderla, o donarla, lo cual además te permitiría tener más espacio en tu casa y sentirte un poco más despojado/a.

Si el 20% de la comida que comés el 80% del tiempo te cae mal (o te engorda o te saca granos, o todo eso a la vez), basta con que cambies ese 20%... El resto de la comida (el 80%) la podés seguir comiendo.
 
(En este gráfico se ve cómo el esfuerzo inicial que hacemos tiene gran impacto, y después se plancha, aumentando lentamente. Lo fundamental es elegir bien en qué aspecto enfocar esas acciones.)

(¿A qué viene todo esto, sería lo que me estás preguntando?)

Lo central para nosotros es que no necesitamos cambiar “todo” cuando las condiciones no lo favorecen. 

Basta con que nos centremos en el 20% de nuestras acciones, para obtener el 80% de los resultados deseados.

¿Cuál 20%?

Ahí está la cuestión.

Te invito a que nos preguntemos: 

En estas condiciones, ¿hay cambios pequeños –que involucran poco tiempo o recursos- que pueden promover mejores aprendizajes?
¡Entonces eso es lo que vale la pena encarar!

Por ejemplo, sólo con un poquito de imaginación (de esa que te asalta a mitad de la noche o mientras te duchás) podés convertir tu materia en una serie digna de maratón y hacerla irresistible. 

O podés incorporar a tus exposiciones una actividad express para que tus alumnos participen de la construcción de conocimiento. 

O podés incluir algún elemento que les dé intriga y los lleve a querer buscar respuestas en tu materia.

O podés analizar junto con ellos el sentido de lo que tienen que aprender, en línea con su profesión de destino.

Más adelante, cuando haya otras condiciones, podrás repensar toda tu materia, si querés, y darla vuelta por completo, y empezar de cero con una propuesta totalmente nueva. 

Pero, por ahora, hagamos pequeños cambios.

A medida que vayas viendo los resultados te vas a sentir más confiado/a. 

Vas a saber que es posible.

Vas a tener tu propia espiral de pequeñas victorias.

¡A que suena tentador!

Elijamos nuestras batallas

Y, por último, luchemos por mejorar las condiciones objetivas en el ámbito que toque: militando en agrupaciones políticas o sindicatos, participando de instancias de modificaciones de planes de estudios, señalando ante las autoridades y compañeros las cosas que no funcionan, por ejemplo. 

Pero aún si no hacemos nada de eso, podemos aportar nuestro granito de arena al interior de nuestro equipo docente, y más aún, en la intimidad del aula.

En el equipo, aún si no podemos introducir cambios en la propuesta general de la asignatura (por ejemplo, porque no somos los docentes a cargo) sí podemos al menos proponer pequeñas alternativas para mejorar la enseñanza pensando en los alumnos. Por ejemplo, cambiar un texto de la bibliografía por otro que nos parezca más acertado (porque resulta más sencillo o más cercano a los intereses de los estudiantes). O hacernos cargo de mantener una comunicación virtual con los alumnos entre clase y clase para preguntarles cómo van con las lecturas, despejarles dudas metodológicas y recordarles los próximos eventos importantes, como los exámenes.

Y en el aula, aún si no pudiéramos cambiar los contenidos a trabajar ni la metodología (por el motivo que sea), nada nos impide empezar la clase saludando cordialmente, mirando a los ojos, preguntar a los alumnos acerca de sus intereses y expectativas, dedicar un rato a aclarar el sentido de lo que van a aprender, e incluso compartir algún recurso divertido que sirva para distender el clima cuando el trabajo se hace muy denso.

Tu granito de arena

Hagamos el amor, no la guerra

 
Un pequeño cambio no va a cambiar radicalmente tu manera de enseñar.

Pero sí va a traer otros cambios.

Porque aun con un cambio chiquito en una clase, vos –como docente- te vas a sentir bien por haber podido pensado de otra manera.

Y tus alumnos se van a sentir bien de saber que vos pensaste en ellos, en cómo pueden aprender mejor.

Eso te va a alentar a probar otro cambio en otra clase.

Y otro más. 

Hasta que se te haga costumbre y las condiciones externas te resulten indiferentes.

Un educador pesimista es una paradoja

Las condiciones externas existen. No las desconozco.

Pero no dejes que las condiciones decidan por vos.

Sé que puede ser difícil. No quiero sonar a libro de autoayuda.

Sólo quiero tenderte la mano para salir de la parálisis. Para que sepas que se puede. 

Que lo externo influye, pero no te define.

¿O no es eso lo que les decís a tus alumnos?

La mala noticia es que depende de vos.
La buena noticia... es que depende de vos.

Devolvete el protagonismo.

Hoy puede ser un gran día

Dentro de ciertos límites, no permitas que las condiciones objetivas afecten la calidad de tu trabajo.

Sí, disponés de menos tiempo del que quisieras. Y de menos salario. Y de menos recursos o conocimientos o habilidades para diseñar una clase irresistible.

Pero dentro de tus posibilidades, sacale todo el jugo que puedas

Brindate al máximo.
No te conformes con menos.

La pasión se contagia.

Es una manera de ser inolvidable.

Y de contribuir a la mejora de la educación.

Esta es mi manera de militar.

Referencias

  • Finkel, Don. (2008). Dar clase con la boca cerrada. Traducción de Óscar Barberá. Valencia: Publicacions de la Universitat de València (1ª ed. inglesa, 2000).
  • Heath Chip, Heath, Dan (2010) Switch: How to change things when change is hard. Random House, Inc., New York. Primera edición. ISBN 978-0-385-52875-7 
  • Manson, Mark (2018) El sutil arte de que te importe un carajo. Un enfoque disruptivo para vivir una buena vida. HarperCollins.

Y vos, ¿cómo hacés frente a esas condiciones que dificultan tu tarea de enseñar?

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