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El lunes empiezo la dieta

Al rescate de la motivación perdida

Viviana Solberg 28 sep 2020
¿Por qué los estudiantes universitarios abandonan sus estudios? ¿La motivación inicial no les alcanza para perseguir sus objetivos? Tu propuesta formativa puede convertirse en el superhéroe que vaya al rescate de la motivación para aprender.

Voy a contarte algo personal

Hace rato que no estoy conforme con mi aspecto físico. Creo que tengo unos kilitos de más que me gustaría bajar, para volver a ponerme esos jeans matadores que están aburridos desde hace meses en el fondo del placard.

Así que ya lo decidí. El lunes arranco con todo: pura lechuga, y a matarme en el gimnasio.

Vamos a ver cuánto me dura la iniciativa

Y es que no es la primera vez que lo intento. Hace tiempo que quiero bajar de peso. Pero cada vez que junto ganas y me decido a hacer algo… no me dura nada. Pasan unos días, y le vuelvo a entrar a los ravioles como si no hubiera un mañana.

¿Alguna vez te pasó? 

Quizás no con la comida, pero sí con algún otro hábito que querías desterrar. 

Hay gente que -por más que lo intente- no logra dejar de comerse las uñas. También hay personas que se proponen tomar 2 litros de agua por día, pero nada… apenas si acompañan cada comida con un sorbito refrescante. 

¿Por qué pasa esto? 

Tanta gente deseando cosas que no consigue… ¿Será que los deseos no son tan fuertes?

Algo parecido les pasa a muchos estudiantes universitarios.

Sienten un gran deseo de saber, de aprender, de convertirse en profesionales de una determinada disciplina. 

Ese deseo los lleva a tomar la decisión de aprender: se inscriben en una carrera que les permita formarse para alcanzar eso que sueñan. 

Comienzan la carrera (¡tremenda manera de denominar a un trayecto formativo!) con todas las ganas… Pero en algún momento (quizás luego de uno o dos años) esas ganas comienzan a disminuir. La vela se empieza a apagar. 

Ya no corren, como en la largada… apenas trotan.
 
Y entonces ya no dedican tanto tiempo al estudio. No asisten a clase con tanto interés. Si tienen que decidir entre salir con amigos el fin de semana o quedarse estudiando… ya sabemos lo que eligen.

¿Por qué el empuje original se desvanece y el logro de los objetivos queda inconcluso?

En este post…

  • Voy a analizar 2 aspectos que participan en estas situaciones: el autocontrol se agota y la motivación inicial se cae.
  • Y te voy a contar qué podés hacer vos, desde tu propuesta formativa, para ir al rescate de la motivación perdida.

¡Sacudite la modorra que empezamos!

El autocontrol se agota

Mantener una decisión que requiere esfuerzo no es fácil. 

Hay que tomar 1000 decisiones por día. 

¿Este alfajor? No. 

¿Éste…? Tampoco.

¿Y ahora? Nop.

Ufa.

Por suerte, gran parte de nuestro día transcurre en medio de comportamientos relajados, como cuando nos duchamos, o preparamos un café, o caminamos hacia la verdulería de siempre. No requieren mayor esfuerzo ni concentración, ni implican tomar decisiones. Lo hacemos en automático.

En cambio, cuando estamos estudiando, o conversando de algo importante en el trabajo, o con nuestra pareja, o tratando de colocar este pequeño tornillo en ese lugar incómodo para que el estante no se caiga… tenemos que estar “en control” y ser muy cuidadosos con nuestras palabras o movimientos. Todo tiene que ser milimétricamente intencional.

Y cuando buscamos superar malos hábitos, o avanzar en una dieta o una carrera universitaria, ¡más aún! Necesitamos una gran fuerza de voluntad… para no derrapar a la primera de cambio.

En todos estos casos hablamos de autocontrol: ese estado de auto-supervisión que necesitamos para encarar situaciones que no nos resultan naturales ni automáticas. 

Es el autocontrol el que nos permite superar frustraciones, inhibir impulsos, seguir adelante.

El asunto es que el comportamiento supervisado es limitado, como tantos otros recursos. Por ejemplo, nuestros músculos al levantar pesas: la primera vez es fácil, pero después de varias repeticiones no damos más. 

El autocontrol es como una batería que se acaba después de un tiempo de uso.
 
Cada vez que queremos generar una buena impresión, o cuando tratamos de enfrentar un temor, o intentamos controlar nuestros gastos mensuales, o cuando buscamos hacer foco en instrucciones nuevas… todas esas veces gastamos una porción de auto-control. 

El problema es que nuestras mentes tienen una parte racional y otra emocional. Cuando no están de acuerdo, tomar decisiones se vuelve complicado.

“La mente racional quiere un cuerpo infartante para ir a la playa; la mente emocional quiere esa galletita Oreo. La mente racional quiere cambiar algo en el trabajo; a la mente emocional le encanta el confort de la rutina actual.”

(Heath y Heath, 2010: solapa. Traducción mía) 

Obviamente, la encargada del autocontrol es la mente racional

Cuando el autocontrol se agota, la mente emocional queda a cargo. 

Y marchen 2 porciones de fritas…

Pero he aquí el quid de la cuestión (qué frase rebuscada): 

El agotamiento del autocontrol no sería un problema si la motivación estuviera al mango. 

La motivación inicial se cae

La motivación es esa energía que nos empuja a hacer algo. 

Lo que nos mueve hacia un objetivo. (De esto hablamos largo y tendido acá.)

Cuando arrancamos un proyecto (una dieta, una carrera universitaria), en general lo hacemos impulsados por una motivación inicial personal ligada a los objetivos que queremos alcanzar.

  • Cuando empezamos una dieta, lo hacemos motivados por bajar de peso.
  • Cuando nos inscribimos en una carrera universitaria, nos impulsa el deseo de ser profesionales.

El problema es que, como vimos, muchas veces nuestra motivación inicial se cae…
 
Crash. Se oyó el impacto de nuestra motivación estallando en el piso.

Y la situación en la que estamos no colabora.

Si, cuando hacemos dieta, todo el tiempo tenemos enfrente comida chatarra o golosinas, resulta muy difícil mantenernos firmes y comer una manzana. Y si pasado un tiempo no vemos los resultados que esperábamos, podemos frustrarnos… y mandar todo al demonio casi sin pensarlo, al grito de “ma, sí…”. 

En el caso de las carreras universitarias, los alumnos ingresaron queriendo ser profesionales. Pero el problema es que -en los planes de estudios tradicionales- recién se enfrentan a tareas cercanas a la práctica profesional cerca del final de la carrera.

Hasta llegar ahí tienen que atravesar varios “obstáculos”: materias básicas, preparatorias, que están ubicadas al principio de las carreras bajo el supuesto de que es necesario aprender todos esos contenidos antes de tener cualquier tipo de contacto con la práctica profesional.

Los estudiantes pasan varios años aprendiendo de manera teórica kilos y kilos de fundamentos para lo que tendrán que aplicar en algún futuro… que parece inalcanzable.

Esta situación puede ser muy desmotivante. “¿Vale la pena todo este esfuerzo?” -me preguntaría yo.

La profesión de destino queda muy lejos.

A otra escala, muchas veces pasa lo mismo en el transcurso de la cursada de una materia.

Quizás los alumnos comienzan con ganas, con expectativas de “a ver qué cosas interesantes tiene esta materia para ofrecerme”… Pero con el correr de las semanas (o los meses), la cursada se hace cuesta arriba, los contenidos no resultan interesantes, las actividades no convocan… Y dan ganas de dejarlo todo…

En todos estos casos, lo que obtienen durante el proceso no alcanza para sentir que vale la pena el esfuerzo.

Pero… ¿y qué pasa con los objetivos buscados?

¿Ya no les interesa alcanzarlo?

¿Por qué no pueden seguir sin motivación?

¿No pueden auto-convencerse de seguir por el camino que empezaros?

La motivación inicial no alcanza.
El autocontrol se agota.
Necesitan que la situación en la que están les dé una mano…

¿Y ahora quién podrá ayudarnos?

(se preguntarían los alumnos)

Para rescatar la motivación perdida, hace falta que la situación también resulte motivadora.

En el caso de la dieta, necesitamos ir encontrando recetas interesantes para preparar los platos que nos tocan cada día (que nos permitan comer sano pero también rico), e incluso lugares donde vendan comida hipocalórica que nos salve cuando no queremos cocinar. Eso nos va a permitir ir creando hábitos nuevos, para que comer sano (y con pocas calorías) sea un plan de vida que podemos mantener sin un esfuerzo descomunal.

Y en el caso de los estudios universitarios, hace falta una propuesta formativa que se vincule con sus intereses, o que les muestre el sentido de lo que tienen que aprender en línea con su profesión de destino, o les dé confianza en que pueden lograrlo…

Necesitan que la propuesta formativa se entrelace con la motivación inicial, para servir de sostén.

Seamos el Chapulín Colorado 

(Sin necesidad de antenitas)

Vayamos al rescate de la motivación

¿Cómo?

No hace falta usar el chipote chillón (ese martillo de goma que usaba el Chapulín).

Podemos utilizar alguna de las siguientes estrategias:

Enfaticemos el sentido de lo que tienen que aprender

Nada motiva más que saber por qué uno tiene que aprender algo. En definitiva, estar motivados tiene que ver con encontrar motivos.

Las razones por las que vale la pena aprender los contenidos que propone una asignatura generalmente tienen que ver con sus aportes para la profesión de destino, ya sea de manera directa o indirecta.

Contar a los alumnos cómo van a usar lo que aprendan en nuestra materia les da motivos para aprenderlas. Generar situaciones de la vida profesional en las cuales es necesario poner en práctica nuestro contenido es una buena manera de motivar, ya que permite ver que el conocimiento que trabajamos no debe ser sólo recordado sino puesto en uso, resolviendo problemas profesionales.

Ayudar a entender por qué deben aprender lo que enseñamos les permite a los alumnos reavivar los deseos originales que los pusieron en este camino.

Y tenemos que hacerlo todas las veces que haga falta.

Como ese docente citado por Bain, que cuenta que en cualquier momento de la cursada cualquier alumno podía preguntar “¿a quién cuernos le importa esto?”. Ante esa pregunta, él se comprometía a detener la clase y explicar en ese mismo instante por qué es importante lo que están estudiando, ya sea un pequeño detalle o algo más profundo, y cómo se relaciona con las cuestiones más generales de la cursada, o con la carrera de la que forman parte (Bain, 2007: 50).

Entender el sentido les recuerda por qué están ahí.

Demos reales oportunidades de elegir 

Como nos pasa a todos, a los alumnos hay áreas o temas que les interesan más que otros. Seguramente en esas áreas se desempeñan mejor y les dan más ganas de trabajar… y hasta recuerdan mejor lo aprendido.
Poder elegir algún tema para aprender aumenta la motivación.

Cuando pueden elegir, los logros se vuelven propios. 

En cambio, aprender por obligación genera resistencia, incluso cuando se trata de las temáticas que más interesan. 

Por eso, una formación con opciones (en la que sea posible elegir alguna temática a profundizar de un menú de opciones) permite poner en juego los propios intereses, y contribuye a que los alumnos sientan que su proceso de aprendizaje les pertenece. 

Ofrezcamos una espiral de pequeñas victorias

Visualizar un objetivo a largo plazo puede resultar abrumador. ¡Falta un montón!

Los objetivos muy grandes asustan

Pero si los fraccionamos, el camino no parece tan largo

Subir por escalera un edificio de 20 pisos parece mucho. Pero subir 1 piso 20 veces no parece tanto, ¿no?

Un objetivo grande, convertido en pequeños pasos, genera esperanza y confianza en uno mismo.

Y además “desmitifica” el recorrido. Ya no parece inabarcable. Y el paso que sigue se vuelve evidente: subir el siguiente peldaño. 

“Pequeños objetivos llevan a pequeñas victorias, y pequeñas victorias pueden disparar una espiral positiva de comportamiento.”

(Heath y Heath, 2010: 146. Traducción mía) 

¿Cómo ayudamos a los alumnos a escalar la cursada de nuestra materia? 

Mostrémosles que pueden ir paso a paso

  • En lugar de tener un gran examen al final, ofrezcamos varias instancias que evalúan porciones más abarcables. 
  • Y si tienen que preparar un trabajo complejo que lleva buena parte de la cursada (como un proyecto), propongamos fechas intermedias para que vayan entregando avances.
  • Y ofrezcamos feedback en cada etapa del recorrido: van a poder usar nuestras devoluciones (con aspectos positivos y negativos) como peldaños sobre los cuales avanzar hacia la próxima meta.

Diseñemos clases irresistibles

Elijamos contenidos atractivos para los alumnos, y propongamos actividades que los desperecen, los pongan a trabajar, que los lleven a dialogar entre sí, que les permitan decir quiénes son y qué piensan y quieren y sienten, que los desafíen y les den herramientas para pensar cosas nuevas, o para entender el mundo de otra manera.

Cuando las clases son imperdibles, cuando interpelan a los estudiantes como personas, cuando proponen un encuentro, cuando les permiten hacerse sus propias preguntas y buscar respuestas… el autocontrol puede tomarse unas vacaciones. Los alumnos van a querer estar ahí. 

Hoy te convertís en héroe

"Las clases tienen que ser extraordinarias. Hoy más que nunca en la historia de la universidad. ¿Suena exagerado? (…) No tanto si pensamos en todos esos estudiantes que abandonan y a quienes unas clases extraordinarias podrían, tal vez, llegar a retener." 

(Maggio, 2018: 141)

Si a alguien le cuesta seguir adelante a pesar de los obstáculos y las frustraciones, no es porque sea débil o medio vagoneta. Quizás ya estuvo demasiado tiempo haciendo frente a situaciones poco placenteras.

Necesita una especie de válvula para descomprimir mientras recarga la batería.

O una fuente externa que lo llene de energía.

Son muy pocos los alumnos que tienen tanta motivación interior que no necesitan que las situaciones en las que están aporten su granito de arena. Esos alumnos van a estar motivados y van a aprender a pesar de que nuestras propuestas no sean motivadoras.

Pero el resto, la gran mayoría, necesitan de nosotros.

La educación es un encuentro

Nos toca extender la mano para ayudar a levantarse a quienes se quedaron sin energía.

Nos toca darle una palmada en la espalda a quien se viene esforzando pero no ve los resultados buscados.

Si nuestra propuesta no resulta motivadora, no les da placer, no los incentiva a participar… ¿para quién hacemos lo que hacemos?

Ayudemos a nuestros alumnos a recuperar la motivación perdida, como nos gustaría que nos ayudaran a nosotros si estuviéramos en una situación parecida.
 

Seamos el héroe que todos quisiéramos tener.

Referencias 

  • Bain, Ken. (2007)  Lo que hacen los mejores profesores universitarios. Trad.: Óscar Barberá. Valencia: Universitat de Valencia.
  • Carlino, Paula (2005) Escribir, leer y aprender en la universidad. Una introducción a la alfabetización académica. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
  • Heath, Chip, Heath, Dan (2010) Switch: How to change things when change is hard. Random House, Inc., New York. Primera edición. ISBN 978-0-385-52875-7 
  • Maggio, Mariana (2018) Reinventar la clase en la universidad. Buenos Aires: Paidós

Y vos, ¿ya pensaste cómo vas a ir al rescate de la motivación de tus alumnos? 
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